SESIÓN PLENARIA DE CLAUSURA

‘ESPAÑA EN EL CONTEXTO INTERNACIONAL’

 

MODERADORA

Periodista

Ana Samboal 

Buenas tardes,

Tenemos muchas ganas de escuchar a los dos últimos PONENTES de este V Congreso de la Fundación Independiente, en esta sesión especial de clausura en la que vamos a centrar nuestra atención en la posición de España en el mundo.

Esta mañana, durante la inauguración, se planteaba una cuestión de gran calado: si vivimos en un mundo de bloques o en un mundo verdaderamente multilateral; si avanzamos en consonancia con el resto de las democracias liberales o si, por el contrario, nos estamos alejando de ese marco común. Pues bien, contamos hoy con dos PONENTES de excepción que, sin duda, nos ayudarán a reflexionar y, quizá, a despejar algunas de esas incógnitas.

Y como lo que queremos es escucharlos a ellos, no me detendré en detallar sus amplísimos currículos, que todos ustedes conocen sobradamente. Ambos han sido ministros del Gobierno de España, al frente de carteras tan relevantes como Defensa y Asuntos Exteriores, y cuentan con una trayectoria extensa en la vida pública y en el ámbito académico.

Les daré la palabra para una primera intervención de entre diez y quince minutos cada uno y, a continuación, abriremos un coloquio. Para mí es un verdadero privilegio moderar esta mesa y, sin duda, será un lujo escucharlos.

Sin más preámbulos, cedo la palabra en primer lugar a Eduardo Serra. Ministro, adelante: ¿dónde está España en el mundo? Esa es la cuestión que hoy nos plantea la Fundación.

 

PONENTES

Presidente de la Fundación Transforma España. Ministro de Defensa -1996/2000-

Eduardo Serra Rexach

Quiero comenzar con un cariñoso recuerdo a Aldo Olcese, a quien, de alguna manera, todos debemos estar hoy aquí, por su trabajo incansable y su empeño en fortalecer la sociedad civil.

Creo que estamos viviendo demasiado deprisa. El refrán dice: «Tengo mucha prisa, vísteme despacio». Tal vez convendría detenernos un momento y preguntarnos dónde estamos, tanto en el tiempo como en el espacio, para hacernos una idea cabal de la situación.

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial se configuró un orden liberal internacional basado en el equilibrio entre dos superpotencias enfrentadas ideológicamente. El resto de los países gravitaban en torno a una u otra órbita —de ahí el término “países satélites”—. Durante décadas vivimos en ese esquema: con el temor nuclear de fondo, pero dentro de una cierta estabilidad.

Ese mundo cambió en los años noventa, con el colapso del comunismo en la Unión Soviética. Fueron los años felices, los que algunos, como Fukuyama, definieron como “el fin de la historia”. Sin embargo, aquel sueño terminó abruptamente el 11 de septiembre de 2001. Por primera vez, la potencia hegemónica que se consideraba invulnerable recibió un golpe directo en su propio territorio. Estados Unidos —la “potencia indispensable”, como decía Madeleine Albright— descubrió que no era invulnerable.

Y cuando una potencia hegemónica siente miedo, el mundo cambia. El miedo es probablemente la emoción más peligrosa: un ser humano con miedo es capaz de cualquier cosa, y también lo es una nación.

Ese temor se vio agravado por la crisis financiera de 2007-2008, por la progresiva deslocalización industrial y por una globalización que transformó radicalmente las cadenas logísticas. Después llegó la pandemia de la COVID-19, que rompió esas cadenas y aceleró un proceso de fragmentación. El mundo empezó a “craquelarse”. Tal vez no en bloques como en la Guerra Fría, pero sí en grandes regiones.

A ello se suman dos factores decisivos: la guerra de Ucrania —a la que no estábamos acostumbrados en suelo europeo— y la irrupción de un liderazgo como el de Donald Trump, que cuestiona muchos de los consensos del orden internacional al que nos habíamos habituado.

Hoy podemos identificar, a grandes rasgos, tres grandes espacios. América, donde resuena de nuevo la doctrina Monroe: “América para los americanos”. Europa, que durante cinco siglos lideró el mundo pese a representar apenas un 6 o 7 % de la población global, pero que ahora afronta un claro declive demográfico, tecnológico y militar. Y Asia, con una China que es una amenaza por su fortaleza, mientras que Rusia lo es, paradójicamente, por su debilidad: su PIB es comparable al de Italia, pero mantiene el poder nuclear y lo utiliza como instrumento de intimidación.

Europa, por su parte, envejece, pierde peso tecnológico —basta observar el ranking de las grandes empresas mundiales— y ha delegado durante décadas su defensa en Estados Unidos. Ahora empieza a percibir que ese paraguas puede no estar siempre garantizado.

En este contexto, ¿dónde está España?

En política hay dos niveles: uno superficial, sometido a los ciclos electorales, y otro profundo, que cambia lentamente, a lo largo de décadas. En ese nivel profundo, España es un país europeo, democrático y occidental. Nuestra posición estructural no cambia de la noche a la mañana.

Sin embargo, debemos reflexionar sobre nuestros tres escenarios naturales: Europa, América Latina y el norte de África.

En América Latina, donde estamos por historia, aunque no por geografía, hemos perdido liderazgo. Las cumbres iberoamericanas fueron en su día espacios de enorme prestigio e influencia para España. En Europa, nuestro peso es limitado. Y en el norte de África, donde estamos por geografía, aunque no por historia compartida en el mismo sentido, hemos mantenido tradicionalmente una posición relativamente estable.

En política exterior, las decisiones deberían consensuarse con la oposición, porque los cambios bruscos afectan al prestigio internacional, y el prestigio se construye con continuidad. En un mundo en el que cada vez hay menos reglas y más poder, la coherencia y la duración de las posiciones son fundamentales.

A pesar de todo, quiero terminar con una nota de fondo más estructural que coyuntural. España ha pasado en pocas décadas de ser una economía casi tercermundista para situarse entre las economías desarrolladas del mundo. Con altibajos, sí, pero con una base sólida.

Es verdad que Europa en su conjunto ha perdido terreno frente a Estados Unidos —cuya economía prácticamente duplica hoy a la de la Unión Europea—, y eso debería invitarnos a una reflexión profunda.

No quiero abusar del optimismo, pero también es cierto que hay procesos que trascienden a los gobiernos. Y, como dice el refrán, no hay mal que cien años dure.

Muchas gracias.

Periodista

Ana Samboal 

José Manuel, por favor, ¿alguna razón para el optimismo? dime desde tu óptica donde ves a España en este momento.

Ministro de Asuntos Exteriores y Cooperación -2011-2016-

José Manuel García-Margallo

Muchas gracias, en primer lugar, a Rafael Catalá por la invitación. Es un placer estar aquí, compartir este espacio con compañeros de gobierno como Ana Pastor, con Carlos Espinosa de los Monteros y con todos vosotros.

Cuando esta mañana empezaba a ordenar estas notas, me vino a la memoria una anécdota conocida: un orador subió al estrado con un gran fajo de papeles; una ráfaga de viento los lanzó por los aires y, mientras intentaba recomponerse, dijo al auditorio: “Cuando subía aquí, solo Dios y yo sabíamos lo que iba a decir. Ahora solo lo sabe Dios”. Espero que no me ocurra lo mismo.

Voy a seguir el hilo que ha planteado Eduardo. La primera reflexión me la sugiere Henry Kissinger en Orden mundial (2016): los europeos hemos tendido a pensar que el orden europeo era el orden del mundo. Y no era así. Existían —y existen— otros órdenes civilizatorios tan antiguos como el indio, el chino o el islámico, que durante mucho tiempo no fueron plenamente integrados en la arquitectura internacional surgida de Versalles y, más tarde, de San Francisco. Hoy todos esos órdenes convergen y reclaman su espacio. Y eso genera incertidumbre.

Permítanme dos referencias, una desde el mundo occidental al que pertenecemos y otra desde un ámbito distinto.

La primera es del Papa Francisco —en su discurso del 9 de enero ante el Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede— cuando afirmó tres cosas relevantes: que no estamos en una época de cambios, sino en un cambio de época; que el multilateralismo atraviesa una profunda debilidad, acompañada del resurgimiento de pulsiones bélicas; y que es necesario revitalizar la diplomacia y las instituciones supranacionales —Naciones Unidas, el sistema de Bretton Woods— para construir un nuevo orden.

La segunda referencia procede de un analista iraní, al que algunos llaman el “Kissinger persa”, Hassan Abbasi. Él sostiene —con una formulación provocadora— que estamos en vísperas de una quinta guerra mundial, entendida no necesariamente como guerra caliente, sino como una gran confrontación estructural entre bloques.

Según esa visión, tras las dos guerras mundiales, la Guerra Fría y la etapa unipolar posterior a la caída del Muro de Berlín —cuando, como decía Fukuyama, parecía que la democracia liberal se extendería sin alternativa—, ese ciclo se cierra con el 11 de septiembre de 2001. A partir de ahí, Estados Unidos toma conciencia de que ya no es invulnerable y de que necesita tejer alianzas amplias.

La cuarta etapa termina cuando Estados Unidos comienza a renunciar progresivamente a su papel de garante universal del orden: intervención limitada en Libia, inacción en Siria ante el uso de armas químicas, retirada de Afganistán —negociada por Trump y culminada por Biden—. Y entramos ahora en una nueva fase de confrontación entre coaliciones.

De un lado, lo que Abbasi denomina el bloque liberal-occidental: Estados Unidos, la OTAN —hoy sometida a tensiones—, los aliados en Oriente Próximo en torno a Israel y los acuerdos de Abraham, y los socios asiáticos como Japón, Corea del Sur o Australia.

Del otro, un eje en el que sitúa a Rusia, China y determinadas corrientes del islam político. Rusia es una potencia con debilidad económica pero enorme capacidad de disuasión nuclear; China es la potencia emergente que plantea el desafío estructural más serio a Estados Unidos. La confrontación no será necesariamente militar, pero sí tecnológica, comercial, financiera y geopolítica. Los puntos de fricción: Ucrania, Oriente Próximo y Taiwán.

El orden internacional que conocimos descansaba sobre algunos principios básicos: soberanía e integridad territorial, respeto a normas comunes y un sistema multilateral. Esos pilares están erosionados. La anexión de Crimea en 2014 ya supuso un golpe directo al principio de integridad territorial. Hoy vemos cómo la norma cede terreno frente a la fuerza, y cómo resurgen las zonas de influencia.

Putin habla incluso de “Estados civilizacionales”, cuya jurisdicción no termina en sus fronteras. Estados Unidos reivindica su espacio hemisférico; Rusia busca mantener alejadas las amenazas de sus centros estratégicos; China proyecta su poder económico y tecnológico a escala global.

¿Y Europa?

Europa ha vivido décadas de prosperidad apoyada en tres supuestos que ya no existen: energía barata de Rusia, mercado abierto en China y seguridad garantizada por Estados Unidos. Los tres pilares se han debilitado o han desaparecido.

Demográficamente, hemos pasado de representar cerca del 25 % de la población mundial en 1900 a apenas el 5 % hoy. En términos de PIB global, el peso relativo ha disminuido significativamente. Y en el ámbito tecnológico y empresarial, nuestra presencia es cada vez menor frente a Estados Unidos y China.

Estados Unidos, además, ha dejado claro que su compromiso no es incondicional. Solo intervendrá allí donde estén directamente comprometidos sus intereses estratégicos. Eso obliga a Europa a asumir una mayor responsabilidad.

Para entender la política estadounidense actual hay que entender la personalidad de Donald Trump. Él mismo se define como un negociador transaccional: comienza planteando máximos y luego ajusta. Piensa en grande y concibe la política como una lógica empresarial donde lo esencial es controlar la “máquina”, no solo jugar la partida.

Sus prioridades responden a tres grandes desequilibrios: el déficit comercial —que explica su énfasis en los aranceles—, el déficit fiscal y el volumen de deuda pública. Todo su programa económico gira en torno a corregir esas vulnerabilidades.

En este contexto, Europa no tiene alternativa: o se fortalece e integra más profundamente sus políticas económicas, tecnológicas y de defensa, o corre el riesgo de quedar irrelevante.

Porque, en definitiva, en el mundo actual solo hay dos tipos de Estados en Europa: los que saben que son pequeños y los que todavía no han asumido que lo son.

Ana Samboal, periodista

Muchas gracias.

Y, en primer lugar, quiero agradeceros especialmente a ambos el ejercicio de contención. Nos habéis llevado literalmente a dar la vuelta al mundo, con referencias históricas muy ilustrativas, dibujando un cuadro muy visual de la realidad que estamos viviendo. Habéis construido el decorado global, habéis analizado la Unión Europea, quizá Eduardo más en el contexto español, y habéis aterrizado en esas tres áreas de influencia clave para nosotros.

En los minutos que nos quedan, me gustaría que centrásemos el foco precisamente en España, que es, además, el mandato que nos ha dado la Fundación Independiente: responder a la pregunta de dónde está España en el mundo.

Habéis señalado que hemos perdido influencia en las tres áreas donde deberíamos tenerla: Europa, América Latina y el norte de África. La cuestión es si podríamos aspirar a más influencia de la que hoy tenemos o si, dadas las circunstancias —formando parte de una Unión Europea que atraviesa una etapa de retroceso relativo en el escenario global—, bastante hacemos con mantener nuestra posición actual.

Os planteo, por tanto, esa reflexión a ambos: ¿está España por debajo de su potencial internacional o, en el contexto actual, su margen real de actuación es necesariamente limitado?

José Manuel García-Margallo, ministro de Asuntos Exteriores y Cooperación -2011/2026-

Creo que Eduardo ha tocado un punto esencial: la política exterior es, ante todo, una política de Estado. Y, por tanto, exige consenso. Consenso para que la comunidad nacional sepa dónde está y hacia dónde va; y consenso para que nuestros socios y aliados sepan exactamente cuál es nuestra posición y cuál va a ser nuestra conducta.

La pregunta es: ¿tenemos hoy una política exterior definida? Yo creo que no. Y eso genera incertidumbre.

Una política exterior seria requiere, en primer lugar, un marco legislativo sólido. En nuestra etapa de gobierno se aprobó la Ley de la Acción y del Servicio Exterior del Estado, la Ley de Tratados y la Ley de Inmunidades. Se elaboró una Estrategia de Acción Exterior. Había un marco y había coordinación.

Recuerdo que yo mantenía reuniones periódicas con exministros de Asuntos Exteriores de distintos partidos, prácticamente una vez al mes o cada dos meses, para analizar la situación internacional. Y debo reconocer que en aquel momento contamos con una colaboración muy estrecha del Partido Socialista, entonces liderado por Alfredo Pérez Rubalcaba. Nos ayudaron mucho, por ejemplo, en la candidatura al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, donde partíamos en clara desventaja frente a Turquía.

Permítanme una anécdota que ilustra hasta qué punto la política exterior afecta a todo. Un día me pidió audiencia el embajador chino. Con enorme seriedad, me habló de la deuda pública española en manos de China y de lo que podría suceder si decidían ponerla en el mercado. Yo no entendía bien a qué venía aquello, hasta que me explicó que un juez español, en aplicación del principio de jurisdicción universal, había iniciado actuaciones contra antiguos dirigentes de la República Popular China por el Tíbet.

Intenté explicarle el Estado de derecho, la separación de poderes… pero comprendí que aquello no bastaba. Informé inmediatamente al presidente del Gobierno: si China actuaba, no estaríamos discutiendo un rescate; estaríamos en una situación crítica. La solución fue una reforma legal rápida, consensuada con la oposición, que permitió encauzar el problema. Eso hoy sería prácticamente inviable.

Y lo mismo ocurre con episodios más recientes. En política exterior no se pueden dar volantazos. En el caso del Sáhara, por ejemplo, se produjo un cambio de posición de enorme calado sin debate parlamentario y, según se ha dicho, sin deliberación formal en el propio Consejo de Ministros. Eso nos ha situado en una posición volátil con Marruecos, con episodios como la retirada de la embajadora o la crisis migratoria en Ceuta.

¿Dónde debería estar España?

En primer lugar, en la Unión Europea. Hemos tenido una oportunidad histórica para convertirnos en el socio preeminente del sur, en un momento en que el eje francoalemán se debilitaba. España, por posición geográfica y peso económico, podía haber asumido ese liderazgo. No lo ha hecho. Hoy es Italia quien ocupa ese espacio.

En segundo lugar, en América Latina —prefiero llamarla así—, donde nuestra posición fue extraordinaria. En el marco de Mercosur, un mercado de cientos de millones de consumidores, España llegó a ser primer proveedor, primer cliente y segundo inversor tras Estados Unidos. Nuestras empresas estaban presentes en toda la región. Hoy esa posición se ha erosionado.

La razón de fondo es sencilla: nadie tiene claro dónde quiere situarse España estratégicamente.

A mi juicio, España debe estar inequívocamente en el proyecto europeo. En las próximas elecciones generales, uno de los debates centrales será precisamente ese: hasta qué punto apostamos por una mayor integración europea. Yo creo que no tenemos alternativa. La única vía realista es avanzar hacia unos Estados Unidos de Europa.

Y, desde ahí, mantener una relación sólida con Estados Unidos. Podemos tener diferencias con la actual administración; es legítimo. Pero, en el tablero global, nuestra pertenencia civilizatoria, política y estratégica está con el mundo occidental. Entre Washington y Pekín, entre las democracias liberales y los regímenes autoritarios, nuestra posición debería estar clara.

Porque, al final, la política exterior no admite ambigüedades prolongadas. Exige coherencia, continuidad y claridad estratégica.

Ana Samboal, periodista

No sabría decir si se generan más problemas en la izquierda o en la derecha.

José Manuel García-Margallo, ministro de Asuntos Exteriores y Cooperación -2011/2026-

Te aseguro que a la derecha le crea bastantes.

Ana Samboal, periodista

Partiendo de esa visión —que entiendo que tú Eduardo, en buena medida, compartes— quisiera ir un paso más allá. Me refiero a la idea de que no tenemos una política exterior clara y definida.

Sin embargo, desde fuera sí parece percibirse una cierta orientación. La posición que hemos mantenido en algunos asuntos —por ejemplo, en relación con Marruecos, con decisiones que a muchos les han parecido difíciles de entender e incluso arriesgadas— da la impresión de responder a una lógica que no ha sido plenamente explicada.

Al mismo tiempo, se percibe una aproximación creciente hacia China. No sé si responde a una estrategia deliberada de diversificación, a una necesidad económica o a otra consideración, pero el movimiento está ahí.

Y algo parecido ocurre con determinadas relaciones en Iberoamérica: una cercanía muy marcada con algunos gobiernos concretos. La duda es si esa proximidad obedece a una razón de Estado, a una estrategia país bien definida, o si responde más bien a afinidades ideológicas o a intereses coyunturales.

En definitiva, la pregunta es esta: ¿estamos ante un verdadero giro estructural de la política exterior española o simplemente ante una sucesión de alianzas puntuales, sin un diseño estratégico de largo plazo?

Eduardo Serra Rexach, presidente de la Fundación Transforma España. Ministro de Defensa -1996/2000-

Voy a intentar responder muy brevemente.

En mi opinión, hoy no existe una verdadera política exterior. Y lo digo por tres razones.

La primera, porque si existe alguna línea de acción, está claramente subordinada a la política interior. Y cuando la política exterior se convierte en un instrumento al servicio de equilibrios parlamentarios o de intereses coyunturales, deja de ser política de Estado. No vamos a China, o dejamos de ir, en función de una estrategia nacional de largo plazo, sino en función de cómo encaja eso en la aritmética política interna.

La segunda razón es que no hay una única política exterior, sino al menos dos: la que responde a las posiciones ideológicas de la izquierda más radical dentro de la coalición, y la que el presidente considera más pragmática o conveniente en cada momento. Esa dualidad genera contradicciones y transmite incertidumbre hacia fuera.

Y la tercera razón es la falta de coherencia. La política exterior exige coherencia y previsibilidad. No se puede, por ejemplo, ser aliado de Estados Unidos y, al mismo tiempo, adoptar posiciones frontalmente opuestas respecto a Israel, que es un aliado estratégico fundamental de nuestro principal socio. No se puede respaldar a Ucrania y, a la vez, evitar cualquier confrontación clara con Putin porque una parte del Gobierno se siente incómoda. Esa ambivalencia debilita nuestra credibilidad.

Pero hay un segundo escalón del problema: ya no es solo que existan distintas sensibilidades dentro del Gobierno, sino que da la impresión de que no hay una dirección clara.

Hay una película antigua, ‘El enigma de Kaspar Hauser’, en la que un hombre guía a una multitud por el desierto, indicando continuamente “por aquí” y “ahora por allí”. Al final se descubre que es ciego.

A veces da la sensación de que avanzamos así en política exterior: cambiando de rumbo constantemente, sin un mapa definido y sin una estrategia reconocible.

Ana Samboal, periodista

En ese momento estamos. Hombre, si al menos se viera algún interés económico específico, todavía tendría algo de sentido.

Eduardo Serra Rexach, presidente de la Fundación Transforma España. Ministro de Defensa -1996/2000-

Habrá, sin duda, algún interés económico detrás, pero creo que nuestro presidente, que es el ciego, actúa sobre todo por razones ideológicas. Estamos perdiendo primacía en el ámbito iberoamericano porque parece más ilusionado con el llamado Grupo de Puebla que con una posición claramente occidental. Es decir, con un grupo de países americanos más próximos a postulados de izquierda que a una visión occidental tradicional.

La cuestión no es dónde esté él personalmente, sino hacia dónde está orientando al país. ¿Dónde estamos como España? Porque, si quien dirige prefiere alinearse con ese espacio, inevitablemente nos arrastra a todos.

El problema de fondo es que no parece existir una política exterior definida. Actuamos de manera reactiva, dando palos de ciego según cada coyuntura, sin una estrategia clara. Y uno de los mayores defectos de la situación actual es que nadie sabe realmente cuál es la posición del Gobierno español.

En política exterior, hay algo peor que equivocarse: no saber hacia dónde se va. Solo una potencia hegemónica puede permitirse la ambigüedad estratégica. Pero cuando no eres una potencia militar, económica ni tecnológica, esa indefinición resulta especialmente costosa.

Creo que estamos, precisamente, en ese momento de transición incierta.

Ana Samboal, periodista

Voy a dar un paso más. Estamos en esta situación y, sin embargo, no parece que exista un problema para la opinión pública, o al menos no se percibe como tal.

Si ha habido un presidente especialmente ambicioso en política exterior, en mi opinión fue José María Aznar —no sé si lo compartís—. Partía de la idea de que España era ya una gran potencia económica y que, con una posición sólida, debía asumir el papel que le correspondía en el mundo. Esa visión se concretó en su alineamiento atlántico y en la cumbre de las Azores, una apuesta que la opinión pública española no entendió.

Aquel giro implicaba asumir que en Europa ya habíamos llegado hasta donde podíamos llegar —con la ampliación al Este ya culminada— y que, por tanto, había que reforzar la alianza atlántica. Esa decisión lo llevó a adoptar una posición clara en la guerra de Irak, más o menos expuesta, pero firme. Y la sociedad española no acompañó ese movimiento.

Sin embargo, hoy da la impresión de que la opinión pública sí está más alineada con la posición del Gobierno. Quizá no tanto en demonizar a Israel, pero sí en criticar con dureza su actuación en Gaza. Tampoco parece haber una especial simpatía hacia Estados Unidos ni hacia la administración Trump. Es decir, el perfil medio-bajo que mantiene actualmente España en el escenario internacional parece más en consonancia con el clima general de la opinión pública.

Otra cuestión es hasta qué punto conocemos con precisión ese clima, porque el CIS no suele medir con frecuencia estas cuestiones y, además, siempre cabe discutir la fiabilidad de esas encuestas. Pero, en todo caso, la sensación es que hoy hay menos fricción entre la política exterior del Gobierno y el sentir mayoritario de la sociedad de la que hubo en aquel momento.

Eduardo Serra Rexach, presidente de la Fundación Transforma España. Ministro de Defensa -1996/2000-

El almirante Liberal, que fue un profesional excelente —cuando yo estaba en Defensa él era subsecretario—, escribió en su momento un artículo en el que distinguía entre opinión pública y opinión publicada. Y esa diferencia es clave.

Hoy tenemos un Gobierno que destina enormes recursos —incluso recursos que no tiene— a sostener o favorecer medios de comunicación afines. Si de las diez principales emisoras o plataformas de difusión controla directa o indirectamente ocho, le preocupa poco que haya otros medios con lectores fieles, pero menos influyentes. Porque quien domina los grandes altavoces acaba moldeando la opinión publicada, y con ella, en gran medida, la percepción general.

Esa opinión publicada, como señalabas, parece inclinarse más hacia posiciones críticas con Occidente que hacia una defensa clara de sus aliados tradicionales. Se aplaude la crítica constante a Estados Unidos —cuando no directamente el desgaste—, y eso tiene consecuencias en nuestra política exterior. No parece que esa corriente esté marcando un rumbo estratégico claro para el país, sino más bien respondiendo a un clima ideológico determinado.

Ahora bien, si el Gobierno adoptara una posición abiertamente alineada con Trump, probablemente veríamos manifestaciones en la calle. Eso también es cierto. Pero aquí hay una cuestión de fondo: durante mucho tiempo se distinguía entre la clase dirigente y la mayoría social. Esa separación —para bien o para mal— estructuraba el sistema político. Hoy esa frontera se ha diluido. El vivero de la clase política ya no procede de élites profesionales o técnicas consolidadas, sino directamente de esa mayoría social, con trayectorias mucho más homogéneas y, en muchos casos, menos sólidas.

Basta comparar los currículos de gobiernos anteriores —del PP, del PSOE o incluso de la UCD— con los actuales para apreciar la diferencia. Y esto tiene efectos colaterales.

Por ejemplo, el debate sobre las llamadas “puertas giratorias”. Todo el mundo las critica, pero si se cierran por completo y no existe posibilidad de retorno a la sociedad civil, quien llega al poder se aferra al cargo porque fuera no tiene recorrido profesional. Establezcan ustedes periodos razonables de incompatibilidad, por supuesto, pero permitan la circulación entre el Gobierno y la sociedad civil. Cuando esa circulación existe, ambas esferas tienden a parecerse más y a comprenderse mejor. Cuando no existe, se enquistan y se separan.

José Manuel García-Margallo, ministro de Asuntos Exteriores y Cooperación -2011/2026-

Lo que mencionabas sobre las élites remite directamente a la tesis de Ortega: cuando fallan las minorías dirigentes, el clima político se resiente. Y el ambiente que estamos viviendo se ha configurado en un contexto muy particular, con figuras cuya trayectoria y cualificación han sido, cuanto menos, discutidas.

Resulta difícil de comprender que cuestiones de enorme trascendencia —como la organización territorial del Estado o el sistema de financiación autonómica— se negocien en espacios y entre interlocutores cuyo perfil político y profesional genera dudas razonables. Eso alimenta la percepción de que el nivel del debate público se ha degradado.

Creo que lo que caracteriza esta etapa es que Sánchez es, ante todo, un maestro del relato. Ha sustituido el análisis riguroso por una construcción narrativa muy eficaz, que parte de una premisa básica: no hay nada peor para España que un gobierno del Partido Popular y Vox. Desde esa lógica, cualquier decisión se presenta como legítima si sirve para evitar ese escenario. La permanencia en el poder se convierte así en el principio rector tanto de la política interior como de la exterior.

Sobre esa base se construye una imagen casi épica del propio presidente, como dique de contención frente a una supuesta amenaza reaccionaria. Y eso explica determinados gestos en política internacional: la cercanía al Grupo de Puebla, determinadas iniciativas simbólicas o el alineamiento con los sectores más a la izquierda en Iberoamérica. Todo encaja dentro de un mismo relato.

Pero la política exterior es extraordinariamente compleja. No puede reducirse a gestos ni a posicionamientos pensados para el consumo interno. Cuando se plantea el debate sobre el 2 % del PIB en gasto en defensa acordado en la cumbre de la OTAN de 2014 —antes incluso de la invasión rusa de Ucrania— hay que entender que el contexto internacional ha empeorado notablemente. La disuasión exige más recursos en un entorno más inestable. Lo que podía ser suficiente hace una década quizá ya no lo sea.

Sin embargo, el debate se plantea en términos internos y comunicativos, no estratégicos. Se transmite una posición ambigua hacia dentro y otra distinta hacia fuera, generando confusión sobre cuál es el compromiso real de España. Y eso, en política internacional, tiene un coste reputacional.

En el fondo, todo vuelve al relato: la construcción de una figura que se presenta como defensora de la democracia y el progreso frente a una amenaza descrita en términos casi existenciales. Desde esa premisa, cualquier movimiento se justifica. Pero cuando la política se reduce a una narrativa de confrontación permanente, el riesgo es que la división interna se profundice y que cuestiones de Estado queden subordinadas a la lógica de la polarización.

Eduardo Serra Rexach, presidente de la Fundación Transforma España. Ministro de Defensa -1996/2000-

A eso hay que añadir que, si decidiera apartarse de esa línea —si no se alineara con el Grupo de Puebla o suavizara su posición respecto a Israel— correría el riesgo de perder el apoyo de sus propios socios de gobierno.

Por tanto, no se trata solo de una cuestión de relato; también es una cuestión de supervivencia política. En parte es construcción narrativa, pero en parte es el verdadero motor de este Gobierno: mantenerse.

José Manuel García-Margallo, ministro de Asuntos Exteriores y Cooperación -2011/2026

Permítanme otra anécdota, porque en política —y en la vida— soy muy partidario del método del caso, deformación profesional de estudiante en Estados Unidos.

La prohibición de exportar armas a Gaza no la decidió este Gobierno, sino el de Mariano Rajoy. Y no fue una medida grandilocuente, sino una decisión administrativa adoptada por la Junta Reguladora del Comercio Exterior de Material de Defensa. Se prohibieron las exportaciones, no las importaciones, porque de lo contrario habríamos comprometido el abastecimiento de nuestras propias Fuerzas Armadas y de los cuerpos de seguridad del Estado. Fue una decisión discreta, técnica y coherente con nuestros intereses.

Algo parecido ocurrió con el reconocimiento del Estado palestino. Se aprobó en el Congreso con solo dos votos en contra. La iniciativa se planteó con la idea de hacerlo en coordinación con nuestros socios y en un momento en que pudiera contribuir realmente a desbloquear el proceso negociador y favorecer la paz. Comparecí en la Comisión de Exteriores para explicar esa posición. La proposición la presentó el Partido Socialista, la enmendamos nosotros y salió adelante con un consenso amplísimo. Aquellos dos votos en contra quedarán como una anécdota casi histórica.

¿A qué voy con esto? A que la política exterior no puede convertirse en un espectáculo ni en una herramienta para contentar a la opinión pública o ganar votos. Está para servir al interés de España. Por eso el Ministerio de Asuntos Exteriores es —o debería ser— un ministerio de Estado.

Cuando la acción exterior se reduce a gestos simbólicos o a logros de escasa relevancia estratégica, se pierde la perspectiva. La diplomacia no consiste en titulares ni en batallas identitarias, sino en fortalecer la posición internacional de España y defender sus intereses de manera eficaz y discreta. Esa es su verdadera razón de ser.

Ana Samboal, periodista

Bueno, pues aquí lo dejamos. Ya les adelanté que la mesa prometía, y en mi opinión ha cumplido con creces las expectativas. Nos vamos, además, con más preguntas que respuestas, que probablemente es la mejor señal de que el debate ha sido realmente interesante.

Lamentablemente, el tiempo se nos ha echado encima y no podemos continuar.

Me quedo con una frase que se ha dicho hoy y que invita al optimismo: no hay mal que cien años dure.

Muchas gracias a todos.

 

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