SESIÓN III. ESTRATÉGIA E INNOVACIÓN SOSTENIBLE

MESA A. POSICIONAMIENTO ESTRATÉGICO E INNOVACIÓN SOSTENIBLE

 

MODERADOR

Director general de Legados y del proyecto Reconcilia España

Javier Dorado

Muy buenas tardes a todos, y retomamos la agenda de este congreso. Sabemos que es una hora un poco particular para este tipo de foros, pero creo que, si hay un antídoto para mantener la atención y seguir desarrollando ideas y reflexiones tan interesantes como las que hemos tenido esta mañana, ese antídoto es un tema apasionante, un reto importante y unos PONENTES que realmente vale la pena escuchar y con los que merece la pena conversar. Por ello, quiero darles desde ya las gracias.

Aunque muchos de ellos ya se han presentado, permítanme hacer una breve introducción:

-José María Lasalle, consultor independiente, analista político y director del Foro de Humanismo Tecnológico de SADE.

-Carlos Closa, vicepresidente de Organización y Relaciones Institucionales del CSIC.

-Alejandra Kindelan, presidenta de la Asociación Española de Banca y de la Fundación AEB.

-José Manuel Inchausti, vicepresidente de MAFE España.

El tema que nos ocupa, como indica el propio título, es “Posicionamiento estratégico e innovación sostenible”. Durante los últimos años han coexistido dos agendas estratégicas que marcarán el futuro de nuestro país y, por extensión, del mundo: la agenda digital y la agenda verde.

Hasta hace apenas cinco años, existía un nivel de ambición y un ritmo sostenido hacia metas que todos considerábamos prioritarias. Se percibía un consenso general sobre los objetivos y las medidas necesarias para lograr un desarrollo económico y social sostenible.

Sin embargo, dos fenómenos históricos recientes han condicionado esta trayectoria: la pandemia de COVID-19 y la guerra entre Rusia y Ucrania, junto con los riesgos geoestratégicos que aún persisten. Hoy más que nunca, los conceptos de autonomía, soberanía y seguridad son determinantes, y condicionan tanto la ambición como las soluciones que podemos implementar dentro de estas dos agendas, aunque su relevancia para el futuro de nuestro país sigue siendo indiscutible.

Por ello, quiero ceder la palabra a nuestros participantes, quienes podrán abordar estas cuestiones a través de una serie de preguntas clave:

¿Qué podemos hacer?

¿Qué rol deben desempeñar la sociedad civil, las empresas, la política y la academia?

¿Cómo podemos legitimar políticas y, al mismo tiempo, desarrollar acciones de sostenibilidad en el marco de la inteligencia artificial, un elemento crítico de la revolución digital?

Y, por último, ¿cómo percibe la sociedad estas políticas? ¿Son inclusivas o excluyentes? Esta cuestión es fundamental para asegurar su correcta implementación.

Si les parece, comenzaremos de derecha a izquierda en esta intervención inicial.

Sin más, José María, tiene la palabra.

 

PONENTES

Consultor independiente y analista político. Director del Foro de Humanismo Tecnológico de ESADE

José María Lasalle

Muchísimas gracias por la invitación y por las palabras de presentación. Intentaré ceñirme a los 10 minutos que me habéis asignado.

Respecto a la primera pregunta, “¿qué podemos hacer?”, me voy a centrar en el ámbito europeo, porque considero fundamental que Europa recupere un rol global. Necesitamos definir desde dónde podemos influir en un escenario en el que dos superpotencias, China y Estados Unidos, compiten por la hegemonía global, y donde la revolución digital —especialmente la inteligencia artificial— y la sostenibilidad climática se entrelazan en una complejidad sistémica casi holística. Europa, con su experiencia en el manejo de la complejidad, tiene una oportunidad única para aportar una visión diferenciada.

El siglo XXI es más complejo que cualquier etapa anterior de la historia humana, y esto exige que Europa sea, en primer lugar, fiel a sí misma. Ser fiel a sí misma implica asumir un compromiso con la equidad, un concepto con raíces en la tradición clásica griega que busca el equilibrio entre contrarios, el justo medio.

Esta tradición requiere ser reinterpretada hoy a través de una visión humanista que conecte la sociedad civil, el papel del individuo y la cooperación colectiva en un mundo complejo.

La política, en muchos casos, nos está fallando, especialmente en las democracias liberales europeas, donde el populismo ha surgido como consecuencia de la pérdida de sentido de la equidad. La hibris, término de la tradición clásica que indica exceso o desbordamiento, define nuestro tiempo: vivimos en un mundo donde la maximización del poder y la utilidad rompe límites, desborda la medida de las cosas y amenaza nuestra convivencia.

Esto se conecta directamente con la revolución digital, que no solo transforma economías, sino que también es extractiva respecto al ser humano, intentando sustituir muchas de nuestras capacidades intelectuales. La inteligencia artificial quiere ser consciente sin tener conciencia, lo que plantea un desafío ético profundo.

Estados Unidos y China representan modelos distintos de esta revolución digital:

Estados Unidos busca maximizar la utilidad económica, sin preocuparse por la competencia con el ser humano en el ámbito intelectual.

China, por su parte, busca maximizar el control social a través de la tecnología.

En este contexto, Europa debe asumir un papel de liderazgo ético. La revolución digital afecta a la creatividad, la autonomía y la identidad del ser humano. Nuestra responsabilidad es garantizar que la tecnología sirva al bienestar moral y humano, no simplemente a la utilidad económica. Esto implica construir una sostenibilidad ética, donde la innovación digital y la acción climática se orienten al bien común, a la equidad y a la justicia social.

Además, debemos tener en cuenta la dimensión global: la mayoría de la población mundial está conectada digitalmente y genera datos que alimentan un modelo extractivo basado en plataformas. Este modelo produce consumo energético masivo, brechas sociales y una despersonalización progresiva del ser humano, generando lo que Ortega y Gasset llamaría el “hombre masa global”: un individuo despersonalizado, con un abismo ético interno y expuesto al nihilismo, tanto hacia la naturaleza como hacia la propia humanidad.

En resumen, Europa tiene la responsabilidad de levantar la bandera de la sostenibilidad ética, integrar la revolución digital y la emergencia climática en un marco de equidad global y asegurar que la tecnología y la innovación sirvan para mejorar la humanidad, no para deshumanizarla.

Director general de Legados y del proyecto Reconcilia España

Javier Dorado

Muchas gracias, José María.

El nivel de profundidad de tus palabras nos deja a todos con numerosas reflexiones internas, que se verán enriquecidas con la intervención de Carlos, quien nos hablará desde la perspectiva del ámbito investigador. Carlos, tienes la palabra.

Vicepresidente de Organización Relaciones Institucionales del Consejo Superior de Investigaciones Científicas -CSIC-

Carlos Closa Montero

Desde luego, no puedo abordar este tema con la profundidad de la filosofía moral como lo ha hecho José María, así que seré mucho más pragmático, partiendo de un enfoque inductivo para presentar cómo nosotros nos enfrentamos al desafío central de esta mesa redonda: la innovación centrada en los modelos de transición. Espero que, en la ronda de preguntas, pueda hacer alguna incursión en la filosofía política, que es un área que me apasiona.

Permítanme comenzar con una constatación sobre quiénes somos y cuál es nuestro rol. El CSIC representa aproximadamente el 20 % de la investigación básica en España. No reclamamos exclusividad, pues gran parte de la investigación no básica se desarrolla en empresas y otros actores, pero es un porcentaje fundamental de la investigación básica del país. Además, el CSIC está presente en todas las comunidades autónomas y cubre prácticamente todos los ámbitos del conocimiento, desde la poesía hasta la astrofísica, con solo dos o tres áreas ausentes.

Con 17.000 personas y 124 centros, el CSIC asume una responsabilidad sistémica: sus decisiones afectan al conjunto del sistema español de ciencia y tecnología, tanto positiva como negativamente, y eso nos obliga a actuar con un alto sentido de responsabilidad. Esta noción de responsabilidad guía nuestra aproximación tanto a la transición digital como a la transición verde, que encajamos dentro de un marco de sostenibilidad.

En la transición digital, hemos desarrollado un plan estratégico centrado en la incorporación de la inteligencia artificial (IA). Esta estrategia tiene dos comPONENTES:

-Ciencia para la IA: Aprovechamos el conocimiento de nuestros investigadores para desarrollar algoritmos y modelos de IA, contribuyendo con capacidad española en este ámbito.

-IA para la ciencia: Incorporamos la IA en todas las áreas de investigación, incluso en las ciencias humanas, porque multiplica la capacidad de innovar y aumenta la eficiencia. Ignorar la IA significaría que nuestra productividad e innovación caerían progresivamente respecto al resto del mundo.

En la transición verde, también tenemos un plan estratégico cuatrienal, que abarca:

-Consumo eficiente y responsable de energía y agua.

-Movilidad sostenible.

-Sostenibilidad social y demográfica, considerando el envejecimiento de nuestro personal investigador (edad media 57 años).

-Economía circular y modelos de gobernanza, incorporando la sostenibilidad como principio de actuación en toda la organización, no solo como área de investigación.

Hemos aprendido varias lecciones clave a partir de estos planes:

Alineamiento normativo y estratégico: Nuestros planes están integrados a nivel internacional, europeo y nacional, alineados con los Objetivos de Desarrollo Sostenible y la normativa europea, lo que les da legitimidad y contexto.

Legitimación social: No podemos afirmar que nuestra legitimidad provenga directamente de la sociedad, pero sí contamos con el apoyo de los actores implicados en la implementación, especialmente en ámbitos donde la comunidad científica está muy movilizada, como el cambio climático.

Co-creación: Estos planes no se han hecho de arriba hacia abajo; se han diseñado con aportaciones de numerosos actores, integrando distintas perspectivas. Esto fortalece su arraigo y facilita la implementación. En IA, la co-creación ha sido más compleja y mixta, combinando enfoques top-down y bottom-up, encontrando un punto de equilibrio.

Ambos planes están guiados por consideraciones éticas, tanto en IA como en sostenibilidad. Nos esforzamos en acercarnos a la ciudadanía y conectar con empresas y colectivos, participando activamente en situaciones de crisis, como los incendios forestales o fenómenos meteorológicos extremos, ofreciendo nuestro conocimiento científico. Esto refuerza nuestra percepción como un organismo responsable y comprometido.

Una idea central que me gustaría resaltar es que la co-creación y la innovación son más eficaces cuando los ciudadanos actúan como actores responsables, no solo como consumidores. En sostenibilidad, los individuos se perciben como portadores de valores y responsables de implementar medidas, desde reciclar en casa hasta participar en iniciativas más ambiciosas. En IA, en cambio, los ciudadanos tienden a verse principalmente como consumidores de un bien que les beneficia, lo que genera dilemas y desafíos en su implementación, tal como mencionaba José María.

Muchas gracias.

Director general de Legados y del proyecto Reconcilia España

Javier Dorado

Gracias, Carlos.

Alejandra, como presidenta de la AEB, y teniendo en cuenta que la banca es un sector tan importante y estratégico para nuestro país, ¿cómo percibes todos estos retos desde su ámbito?

Presidenta de la Asociación Española de Banca y de la Fundación AEB. Vicepresidenta de la CEOE

Alejandra Kindelán

Muchas gracias. En primer lugar, quiero agradecer a la Fundación Independiente y al ministro Catalá la invitación. También quiero recordar con afecto a nuestro amigo Aldo Olcese, cuyo legado nos inspira en este tipo de encuentros. Y, por supuesto, agradecer los planteamientos tan enriquecedores que nos han hecho reflexionar sobre todo lo que se ha comentado hasta ahora.

Vivimos un momento absolutamente histórico, un momento en el que nos jugamos mucho: nuestra civilización en sentido amplio, pero también en su dimensión ética y humanista, como muy bien habéis señalado. Europa se enfrenta hoy a múltiples puntos de ruptura, tanto externos como internos. Entre los externos, podemos citar la transformación de nuestras alianzas tradicionales, la relación con Estados Unidos, la guerra en nuestro propio continente, y la presión económica y comercial de potencias como China. Entre los internos, nos enfrentamos a una creciente polarización política y social, mientras que nuestro mercado único, que es nuestra joya de la corona, sigue teniendo potencial por desarrollar.

A pesar de todo, debemos reconocer que la Unión Europea sigue siendo un espacio de cohesión social y de progreso económico, especialmente si nos comparamos con otras regiones del mundo. Contamos con estabilidad institucional, instituciones que funcionan a pesar de ciertas tensiones internas, libertad económica y capacidad de crecimiento. Este crecimiento económico es, a mi juicio, la mejor manera de reforzar nuestra legitimidad social y reducir la polarización, consolidando al mismo tiempo la cohesión social, que sigue siendo una ventaja competitiva para Europa.

En la semana pasada estuve en Bruselas, en numerosas reuniones tanto a nivel político como técnico, y con representantes del sector financiero de otros países. Las preocupaciones son claras y compartidas: el diagnóstico existe, ahora la urgencia es pasar a la acción. Parte de ese plan de acción implica las dos grandes transiciones que hemos mencionado: la transición verde y la transición digital. Pero, además, yo añadiría una tercera: la seguridad, entendida de forma amplia, que incluye la seguridad física de nuestras infraestructuras, la ciberseguridad, la seguridad económica, la protección frente a fraudes y la seguridad ética, de nuestros valores fundamentales

Ahora, desde el ámbito que conozco mejor, el sector bancario, tenemos un papel crucial. Hoy, la banca financia aproximadamente el 75 % de las necesidades de inversión europeas, que superan el billón de euros. Esta es una tarea enorme, pero el sector europeo y español se encuentra en una posición sólida: ha recuperado rentabilidad y se encuentra financieramente solvente, lo que nos permite apoyar a la economía real, a las empresas y a las familias en su proceso de transición.

Para poder hacerlo de manera efectiva, considero que hay dos prioridades fundamentales:

Simplificación: Europa ha acumulado una gran cantidad de regulaciones y supervisiones, que dificultan la innovación y la capacidad de financiación. Solo en los últimos cuatro años, el sector financiero ha tenido que enfrentarse a 1.750 normas, equivalentes a 90.000 páginas de legislación. Es imposible abarcarlo todo sin simplificación y agilidad normativa.

Integración: Persisten barreras internas en el mercado único europeo, equivalentes a un arancel del 45 % en comercio de bienes y del 100 % en servicios, según el FMI. Debemos culminar la unión bancaria europea con un fondo de garantía de depósitos único, para que los ciudadanos europeos tengan el mismo nivel de confianza y seguridad en sus depósitos, y para que los bancos puedan crecer y competir a escala europea frente a terceros.

Además de la fortaleza financiera y la integración, es esencial la sensibilidad social. El sector bancario debe garantizar que no queden personas atrás: los mayores, la población rural, las personas con discapacidad. Hemos aprendido mucho de la crisis del COVID: la digitalización fue inmediata e inevitable, pero al regresar a la normalidad muchos mayores demandaban atención presencial. Como sector, reforzamos nuestras capacidades para ofrecer atención personalizada, asegurar que los mayores puedan ser atendidos por personas y no solo por sistemas automatizados, y adaptamos nuestros servicios a las necesidades reales de la población.

En resumen, para afrontar los retos actuales necesitamos fortaleza financiera, integración y sensibilidad social, combinadas con simplificación normativa y un compromiso firme con la cohesión social y el bienestar de todos los ciudadanos. Solo así podremos enfrentar con éxito las transiciones digital y verde, así como los nuevos desafíos de seguridad y ética en Europa.

Director general de Legados y del proyecto Reconcilia España

Javier Dorado

José Manuel, desde la perspectiva de una empresa española líder en su sector, en este caso en el ámbito asegurador, ¿cómo afrontáis vosotros todos estos retos?

Vicepresidente de Mapfre España

José Manuel Inchausti

Muchas gracias a la Fundación Independiente por invitarme. Es un honor compartir mesa con mis compañeros y participar en este debate.

Permítanme también dedicar unas palabras de recuerdo a Aldo Olcese, a quien conocía desde hace muchos años y que desarrolló una labor empresarial e institucional que ha dejado una huella muy positiva en la sociedad española.

Desde el punto de vista más macroeconómico es difícil añadir algo sustancial a lo que ya se ha dicho. Pero sí quiero compartir una impresión personal. Hace unos meses, con motivo del aniversario del informe de Mario Draghi, se celebró un gran acto en Europa. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von Der Leyen, expuso durante cerca de media hora los avances realizados en las distintas líneas señaladas por el informe. Sin embargo, cuando intervino Draghi, con la elegancia que le caracteriza, el tono fue distinto: reconoció que no estamos avanzando lo suficiente y que corremos el riesgo de no llegar a tiempo.

Mi conclusión —muy sencilla— es que vamos en la dirección correcta, probablemente no podía ser de otra manera dada la profundidad de los informes, pero vamos demasiado despacio. Y el resto del mundo no avanza al ritmo de Europa. Desde el ámbito empresarial, esa sensación también existe: avanzar lentamente en un entorno que se mueve rápido tiene consecuencias.

Se han mencionado dos grandes cuestiones: sostenibilidad e inteligencia artificial.

Sostenibilidad

Desde la perspectiva de una compañía como Mapfre, presente en 30 países, nuestra aproximación ha sido práctica y humilde. Somos una empresa de servicios: no tenemos fábricas ni grandes emisiones directas. Aun así, hemos asumido compromisos internacionales y hemos reducido nuestro consumo en torno a un 30 % respecto a 2022. Pero siendo honestos, eso mueve poco la aguja.

Donde realmente podemos influir es en nuestra cartera de inversión: gestionamos alrededor de 60.000 millones de euros en activos. Nos marcamos como objetivo público que el 95 % de la cartera cumpliese determinados criterios ESG, y lo hemos conseguido. Eso sí cambia las cosas: implica decidir en qué sectores invertimos y en cuáles no, y orientar capital hacia actividades compatibles con la transición ambiental.

Lo mismo ocurre en la suscripción de riesgos: apoyamos actividades económicas sostenibles y restringimos la cobertura a aquellas que resultan perjudiciales para el medio ambiente. Ahí sí existe capacidad de influencia real.

En gobernanza, nuestra condición de compañía cuyo accionista es una fundación —Fundación Mapfre— nos da independencia y visión de largo plazo, pero también nos exige estándares especialmente altos de transparencia, trazabilidad y rendición de cuentas. Hemos trabajado intensamente en ello, con marcos y compromisos exigentes.

Y en el ámbito social, quizá el que más nos identifica, hace 50 años —cuando nadie hablaba de ESG— se creó la Fundación, que hoy destina en torno a 50 millones de euros anuales a proyectos sociales, educativos y culturales en los países donde estamos presentes. Esa vocación social forma parte de nuestro ADN.

Inteligencia Artificial

En cuanto a la inteligencia artificial, conviene distinguir dos olas. La primera, vinculada a la digitalización de la última década, ya ha generado ganadores y perdedores. Ha permitido avances claros: videoconsultas médicas, sistemas de autodiagnóstico orientativo, gestión ágil de citas… mejoras reales en la calidad de servicio.

La segunda ola, la de la inteligencia artificial generativa desde finales de 2022, plantea un reto diferente. Aquí no estar no es una opción: no participar equivale a quedar fuera del mercado. La cuestión es cómo estar.

Nuestra decisión fue detenernos un momento, ordenar las ideas y dotarnos de un marco claro. En 2024 elaboramos un manifiesto interno sobre inteligencia artificial. Lo que iba a ser una declaración breve —queremos una IA humanista, al servicio de las personas y sometida a principios éticos— terminó convirtiéndose en un documento extenso que aborda:

Estrategia: la IA debe estar al servicio de la estrategia de la compañía, no al revés.

Gobernanza: supervisión corporativa, implicación del consejo y órganos específicos de seguimiento.

Procesos y tecnología: no se trata de añadir IA a lo que ya hacemos, sino de repensar cómo queremos prestar el servicio.

Datos: su calidad, protección y correcta gestión son determinantes. Un mal dato invalida el mejor algoritmo.

Talento: la IA debe ayudar a las personas, no generar miedo. Hemos formado a miles de empleados para que la utilicen como herramienta de mejora.

Responsabilidad: cumplimiento normativo, límites reputacionales y exigencias equivalentes para proveedores externos.

El objetivo es claro: una “constitución” de la inteligencia artificial que garantice que su despliegue se realiza en beneficio de los clientes y de la sociedad.

La IA, como cualquier tecnología poderosa, puede deshumanizar o puede aportar enormes beneficios —desde diagnósticos médicos más precisos hasta procesos aseguradores más eficientes—. Todo depende del uso que hagamos de ella.

En definitiva, hay que estar. Hay que avanzar. Pero hacerlo con propósito, con gobernanza y con garantías. Esa es, al menos, la reflexión que quería compartir.

Director general de LEGADOS, y del proyecto Reconcilia España

-Conclusiones y preguntas del público-

Vamos a dar paso al debate. Pero antes, me gustaría señalar algunos elementos comunes que han ido surgiendo a lo largo de las intervenciones.

Uno de ellos es, sin duda, el papel que juega España y, por extensión, la Unión Europea en este nuevo contexto internacional. Nos enfrentamos a una doble complejidad: por un lado, la dificultad inherente a mantener el liderazgo en medio de profundas revoluciones —tecnológicas, económicas y geopolíticas—; por otro, el impacto de la crisis demográfica que hemos comentado esta mañana y que condiciona de manera evidente el posicionamiento de Europa en el escenario global.

Me gustaría invitaros a hacer una breve reflexión sobre cómo podemos sostener ese liderazgo en un mundo en el que las reglas están siendo cuestionadas —cuando no directamente erosionadas— y en el que el marco de estabilidad que dábamos por sentado parece tambalearse.

Pero quisiera añadir un segundo plano a esta cuestión. Se ha hablado de equidad, se ha hablado de inclusión. A mí me gustaría integrar ambos conceptos en uno más amplio: el de la licencia social. Es decir, la aceptación por parte de la ciudadanía de las normas, las políticas, las reformas y también de las consecuencias que se derivan de los cambios que estamos viviendo.

Porque si esa licencia social no se consolida, el riesgo es claro: una fractura social creciente, una polarización aún mayor —sobre la que después podremos profundizar— y, en última instancia, un obstáculo serio para alcanzar los beneficios potenciales de estas grandes transformaciones.

Por tanto, si les parece, abrimos ahora un primer turno de intervenciones centrado en estos dos grandes desafíos: cómo preservar el liderazgo europeo en un entorno incierto y cómo garantizar que ese proceso cuente con la legitimidad y el respaldo social necesarios.

José María Lasalle, consultor independiente y analista político. Director del Foro de Humanismo Tecnológico de ESADE

La licencia social, en el fondo, es la forma en que la sociedad civil interioriza la legitimidad —y, por tanto, la obediencia— a las reglas que están definiendo el posicionamiento de Europa. Reglas que orientan tanto la transición digital como la transición ecológica, dos transformaciones que requieren una gobernanza sólida porque se desarrollan en un contexto crítico, atravesado por tensiones geopolíticas, económicas y culturales que exigen realineamientos complejos y equilibrios delicados.

Y esos equilibrios solo pueden sostenerse si se amplía la base del consenso social.

El problema es que esa base hoy está debilitada. Europa arrastra desde hace tiempo —como advertía Hannah Arendt al hablar del principio de autoridad— una crisis de la auctoritas. Hemos ido perdiendo esa autoridad moral que no se impone por la fuerza, sino que se reconoce por la ejemplaridad.

Frente a nosotros operan modelos que responden al desafío global desde la potestas, desde el poder desnudo, instrumental, orientado a la maximización de la utilidad. Es la lógica de la competencia hegemónica entre Estados Unidos y China: una carrera por el dominio tecnológico, donde la innovación se justifica por sí misma y donde, en ámbitos como la inteligencia artificial, el poder que puede liberarse parece priorizarse por encima de cualquier límite ético previo.

Si Europa pretende competir en esas mismas reglas —es decir, en la ausencia de reglas y en la maximización del poder— comete un error estratégico y civilizatorio. Cuando hablamos de autonomía estratégica o soberanía tecnológica, no podemos limitarnos a replicar esa lógica. Necesitamos realismo, sin duda. Pero también necesitamos recuperar la auctoritas: el respeto que nace de representar un modelo civilizatorio asentado en valores.

Europa es el resultado de una tradición humanista que combina la herencia judeocristiana y la grecolatina. Durante siglos, esa hibridación le otorgó una forma singular de estar en el mundo: la convicción de que el ser humano es la medida de todas las cosas, de que la justicia exige límites éticos claros a la acción humana, de que el poder debe estar subordinado a un propósito.

Hoy esa convicción se ha erosionado, en parte por el auge de los populismos y por una cierta fatiga ética de la democracia liberal, que ha vaciado de contenido a las instituciones. Y cuando las instituciones se vacían, la política se reduce a utilidad inmediata y maximización de poder. Eso conduce al nihilismo: todo vale si es eficaz.

Por eso la licencia social de la que hablamos no es solo aceptación pasiva de normas; debería ser una reclamación activa de la sociedad civil para recuperar esa auctoritas perdida. No basta con regular riesgos. El debate sobre la inteligencia artificial lo ilustra bien. El esfuerzo normativo por controlar sus posibles vulneraciones de derechos fundamentales es necesario. Pero el problema de fondo no es únicamente el riesgo: es el propósito.

¿Para qué queremos la inteligencia artificial?

¿Al servicio de qué idea de persona, de sociedad, de progreso?

El propósito exige algo más que regulación: requiere indicadores, transparencia, rendición de cuentas. Requiere evaluar si su uso empodera o despersonaliza. Y exige que el diseño algorítmico incorpore desde el origen un enfoque humanista, subordinado a la decisión humana. No basta con regular el uso; es necesario orientar el diseño.

En pocos años interactuaremos con sistemas que nos mirarán, nos hablarán y comprenderán nuestros gestos. No estaremos “dando instrucciones”, sino manteniendo conversaciones. ¿Estamos formando ciudadanos capaces de sostener esa relación crítica? Una sociedad que empobrece su lenguaje —que reduce su vocabulario, que simplifica el pensamiento— difícilmente podrá gestionar la complejidad moral que implicará convivir con sistemas inteligentes.

La sabiduría, como recordaba Aristóteles, no consiste en afirmar automáticamente, sino en saber dudar. Si educamos en el automatismo y no en la duda, debilitamos nuestra capacidad de discernimiento. Y sin discernimiento no hay libertad real frente a la tecnología.

Por eso simplificar no significa eliminar normas sin más, sino regresar a los principios. Y los principios solo pueden formularse desde una comprensión profunda de la condición humana. Esa es la tarea que nos corresponde: reconstruir un marco educativo, cultural y político que refuerce el contenido humanista de nuestro proyecto europeo.

Si los poderes públicos no lideran esa reconstrucción, la sociedad civil tendrá que exigirla. Porque sin propósito, sin autoridad moral y sin ciudadanos formados para ejercer su libertad crítica, ninguna gobernanza será suficiente. Y la verdadera autonomía estratégica no será tecnológica, sino ética.

Javier Dorado, director general de la Fundación Legados

Gracias, José Manuel.

Carlos, la relación entre la ciencia y las necesidades sociales —o entre el conocimiento empírico y la sociedad— también se articula en torno a cómo se enfrentan y solucionan los grandes retos. Creo que resulta especialmente relevante cómo se aborda desde el ámbito de la investigación, porque es ahí donde se construye y se consolida la licencia social de la que hablábamos anteriormente.

Carlos Closa Montero, vicepresidente de organización y RR.II. del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)

La noción de lo social comprende distintos niveles de referencia: puede entenderse como una comunidad global, europea o nacional. Quisiera subrayar esto porque muchas veces asumimos, de manera implícita, que los valores son homogéneos, y yo cuestiono que esto sea así. Existe, en realidad, una heterogeneidad de valores que depende del nivel en el que nos situemos, siendo probablemente mayor la homogeneidad a nivel local que a nivel internacional.

Para simplificar, en esta intervención tomo como referencia el ámbito nacional para hablar de lo social, sin que ello signifique ignorar otros niveles. En el contexto nacional —que, en España, tiene una fuerte conexión con Europa— podemos identificar tres principios fundamentales que sustentan lo que hemos llamado la licencia social.

El primer elemento es la legitimidad social implica que la acción, incluida la científica, debe alinearse con las normas y valores de la comunidad. Escuchar a las comunidades y respetar sus preocupaciones es esencial. Esto nos enseña que la ciencia ya no puede considerarse una creación autónoma con valor intrínseco; debe estar orientada a generar valor para el ciudadano, el usuario final. La ciencia necesita enraizarse en las necesidades de la sociedad y, al mismo tiempo, extraer legitimidad de la creencia de los ciudadanos en su valor. En España tenemos la fortuna de que las encuestas muestran que entre el 70 % y el 80 % de la población confía en la investigación científica, algo que no ocurre en todos los contextos, donde otras formas de conocimiento pueden gozar de mayor predicamento. Por eso, la legitimidad social no solo se construye desde la acción científica, sino también desde la percepción positiva de la ciudadanía y su reconocimiento de la ciencia como herramienta útil y necesaria.

El segundo elemento es la credibilidad, que se basa en cumplir lo prometido, ser coherente a lo largo del tiempo y comunicar con transparencia. En el ámbito científico, esto implica publicar resultados, poner los datos a disposición de toda la sociedad y garantizar que la investigación sea replicable y verificable. La credibilidad no surge solo de la evidencia empírica, sino también de la consistencia y la adherencia a objetivos y planes previamente establecidos. Hoy vivimos en un contexto en el que la ciencia puntera convive con la desinformación y las opiniones sin respaldo empírico, especialmente en redes sociales. Por ello, es indispensable que la ciencia mantenga sus estándares: procedimientos claros, transparencia, rendición de cuentas y comunicación efectiva de resultados y datos.

El tercer elemento es la confianza. Esta se construye a partir de experiencias compartidas entre los ciudadanos y la ciencia, fomentando la colaboración y la participación activa de la comunidad. En España se han desarrollado múltiples iniciativas en este sentido: desde la divulgación científica que acerca el conocimiento al público general, hasta proyectos de ciencia ciudadana. Un ejemplo destacado es el seguimiento del mosquito tigre, que permite a la ciudadanía registrar su presencia y contribuir a bases de datos que ayudan a monitorizar la dispersión de enfermedades.

La participación de la ciencia en situaciones críticas también fortalece la confianza. Un caso paradigmático fue la erupción del volcán de La Palma, donde científicos pudieron intervenir en tiempo real: medir el desplazamiento de las coladas, la presencia de gases tóxicos y ofrecer información crucial para la toma de decisiones rápidas y precisas. Este tipo de colaboración genera un valor percibido por la ciudadanía que va más allá de la actividad científica ordinaria y refuerza los lazos entre investigación y sociedad.

En conclusión, la legitimidad social, la credibilidad y la confianza son los pilares que sustentan la licencia social. En España, estos elementos muestran una relativa buena salud y son esenciales para garantizar que la ciencia pueda actuar con eficacia y al servicio de la sociedad.

Javier Dorado, director general de la Fundación Legados

Alejandra, antes mencionabas la Unión Bancaria. Me gustaría preguntarte: ¿de qué manera contribuiría la Unión Bancaria a reforzar el liderazgo europeo y español, y, por extensión, a nivel global? Además, ¿cómo se articula este instrumento con las dos grandes transiciones que hemos comentado —la digital y la verde— y qué papel jugaría en facilitar su implementación y sostenibilidad?

Alejandra Kindelán, presidenta de la Asociación Española de Banca y de la Fundación AEB. Vicepresidenta de CEOE

Si me lo permiten, me gustaría hacer una reflexión más amplia, conectando algunas de las ideas que ya se han planteado y también retomando lo que mencioné en mi primera intervención.

Europa atraviesa una crisis de auctoritas, como muy bien señaló José María La Salle, vinculada a una crisis de crecimiento. Europa lleva veinte años con un crecimiento muy limitado, y creo que la premisa más básica para conseguir el respaldo social al proyecto europeo es justamente crecer. Sin crecimiento, no podremos financiar la innovación ni la ciencia, no podremos proteger a los más vulnerables, ni hacer realidad las políticas que le dan legitimidad social, económica y política a Europa a nivel internacional. Ese debe ser nuestro punto de partida.

A partir de ahí, quiero subrayar dos ideas más que considero fundamentales.

1.Comunicación transparente

Necesitamos que los ciudadanos comprendan la magnitud de los retos que enfrentamos y el impacto de las medidas o acciones que proponemos. Esto exige una comunicación transparente y adaptada a distintos públicos, sin ocultar realidades incómodas. Por ejemplo, en el ámbito de la seguridad existe un consenso amplio sobre la necesidad de invertir, pero creo que todavía no estamos abordando esta discusión con sinceridad frente a la opinión pública. La transparencia no es opcional: es indispensable para generar confianza y apoyo social.

2.Transiciones graduales y justas

Hablamos de transiciones verde, digital y de seguridad. Todas ellas deben implementarse de manera gradual y justa. No podemos, por ejemplo, cerrar de golpe una cementera que contamina sin considerar el impacto inmediato sobre el empleo y la comunidad local, ni las medidas de mitigación necesarias. En el caso de los bancos, se nos exige descarbonizar los balances y, por supuesto, debemos avanzar, pero la velocidad y la forma en que se hace es crucial. Además, comunicar claramente los impactos de estas medidas es esencial para que la sociedad las comprenda y las respalde.

3.Colaboración público-privada

Finalmente, la tercera premisa es la colaboración entre el sector público y el privado. La integración de mercados, como la Unión Bancaria, nos permite generar mayor escala, potencia de financiación y capacidad de adaptación. Esto fortalece tanto a nuestras empresas como a nuestras familias frente a los retos que plantean estas transiciones. La Unión Bancaria es un instrumento clave en este sentido, aunque su análisis merece un desarrollo más profundo que podemos abordar en otro momento.

En resumen, para que Europa recupere su auctoritas y lidere a nivel global, debemos centrarnos en crecer, comunicar con transparencia, implementar transiciones graduales y justas, y potenciar la colaboración público-privada. Solo así podremos generar legitimidad, confianza y capacidad de acción frente a los retos que tenemos por delante.

Javier Dorado, director general de la Fundación Legados

Gracias, José Manuel. Mencionabas un documento de 50 páginas que, por supuesto, no vamos a poder revisar en detalle porque nos llevaría demasiado tiempo. Pero sí nos interesa comprender cómo se articula esa estrategia de inteligencia artificial, de la que hablabas, con la innovación en general y con la sostenibilidad. Es decir, ¿cómo integráis y equilibráis estos tres elementos en la práctica?

José Manuel Inchausti, vicepresidente de MAPFRE España

Creo que hay una primera idea que quiero subrayar: debemos dejar de atribuir a la inteligencia artificial capacidades humanas. Escucho a veces expresiones como “la IA es lista, tonta, boba…” y eso es un error conceptual. La inteligencia artificial no es un ser humano; es un algoritmo avanzado, una creación tecnológica del hombre. Y como toda creación humana, puede utilizarse para bien o para mal. Humanizarla sería darle atributos que no tiene y generar confusión sobre su verdadero papel.

Lo que realmente importa no es la IA en sí misma, sino cómo la utilizamos nosotros. Por ejemplo, en la Fundación Mapfre tenemos unos premios de innovación social. Se presentan proyectos de todo el mundo que combinan innovación con sostenibilidad, generalmente enfocados en ayudar a colectivos vulnerables. Muchas de estas iniciativas incorporan inteligencia artificial para atender a personas en situación de desventaja —por edad, por condición física o por circunstancias socioeconómicas— y vemos que la IA tiene un impacto positivo real. Pero el valor no está en la IA como ente autónomo, sino en la responsabilidad de quienes la aplican.

Hoy la tecnología está al alcance de casi cualquier organización o startup, no solo de grandes empresas. Esto refuerza la importancia de su uso responsable: cómo elegimos aplicarla marcará la diferencia entre generar un beneficio social o causar un perjuicio.

En cuanto a la conjunción entre innovación y sostenibilidad, tenemos ejemplos concretos. Los premios de innovación social son una forma de ver cómo la tecnología puede generar un impacto social positivo. Otro ejemplo es nuestra participación en Blue Marble, una empresa que protege a comunidades desfavorecidas mediante seguros agrarios en países en desarrollo. Sin IA, estos esquemas serían imposibles: permiten que, ante un evento climático que supere determinados estándares, las personas reciban automáticamente la compensación en su cuenta. Así, la tecnología hace viable la sostenibilidad social y económica donde antes no existía cobertura.

También es importante aclarar que innovación no es sinónimo de inteligencia artificial. No toda innovación implica IA, aunque muchas soluciones innovadoras la incorporen. En nuestra experiencia, aplicar IA de manera razonable dentro de la empresa no disminuye el contacto humano; al contrario, lo potencia. Por ejemplo, en Mapfre, tenemos 3.400 oficinas y vemos que cuanto más incorporamos IA en los procesos, más se aprecia el valor del contacto personal.

La IA puede atender tareas automatizadas o consultas básicas a cualquier hora, pero cuando un cliente necesita un asesoramiento complejo —sobre pensiones, inversiones o incidencias— sigue acudiendo a una oficina, donde el personal utiliza datos e IA para ofrecer soluciones más rápidas, precisas y personalizadas.

En resumen, hay una paradoja aparente: la tecnología avanzada y la inteligencia artificial no solo son compatibles con un enfoque humanista y ético, sino que, bien aplicadas, lo potencian. El reto está en mantener siempre ese equilibrio entre innovación tecnológica, sostenibilidad y contacto humano.

Javier Dorado, director general de la Fundación Legados

Muchas gracias, José Manuel. Estamos ya fuera de tiempo, por lo que vamos a dar por concluida esta mesa.

Quisiera destacar que han quedado muy claros varios puntos: la importancia de fortalecer el liderazgo internacional de España y de Europa; la necesidad de hacerlo desde la ética y el humanismo; la relevancia de la ciencia vinculada a las comunidades; y la utilidad de la cooperación y la unión para ser más fuertes y prestar mejores servicios. Todo ello, por supuesto, teniendo siempre presentes las necesidades humanas, comerciales y de los servicios públicos que nuestros ciudadanos requieren.

Gracias a todos por su participación.

 

VISUALIZA LA SESIÓN III. MESA A. POSICIONAMIENTO ESTRATÉGICO E INNOVACIÓN SOSTENIBLE

Fundación Independiente

La Fundación Independiente es una de las entidades de pensamiento más antiguas de España, creada en 1987 como un espacio de referencia de la sociedad civil para comprender y mejorar la realidad social. Su objetivo es influir de forma positiva en las políticas y decisiones que afectan a la convivencia, fomentando la participación de personas y organizaciones del ámbito social, cultural, económico y empresarial.