SESIÓN PLENARIA INAUGURAL

RETOS DE ESPAÑA: UN DEBATE ESTRATÉGICO SOBRE EL PRESENTE Y EL FUTURO

MODERADO

Rafael Catalá

Presidente de la Fundación Independiente

 

PONENCIA

Javier Gomá

Filósofo y escritor. Director General de la Fundación March

1.- “Mirando al futuro” es el lema de esta jornada, pero habrá que mirarlo con una mirada inteligente y culta.

¿Qué es ser culto? Pasar de la naturaleza a la historia.

La mirada inculta dice respecto al presente: esto es así, no podría ser más que así, siempre ha sido así en el pasado y siempre será así en el futuro. La culta, en cambio, dice: esto es así, podría ser de otra manera, fue de otra manera antes y quién sabe cómo será en el futuro. De modo que donde el inculto ve naturaleza —algo fijo, permanente, invariable— el culto ve historia. Eso pasa con todo aquello que tiene una naturaleza temporal, como las personas o los países. Si preguntamos quién es Julia, no respondemos con una definición, sino con una historia, la de su vida desde su nacimiento hasta ahora. Lo mismo pasa con los países: si preguntamos qué es España, no contestamos con una definición (“España es…”), sino con una historia.

La conclusión: para mirar el futuro de España conviene conocer su esencia y conocer su esencia implica decir algo sobre su historia.

Lo siguiente es una reflexión sobre la esencia de España a la luz de su historia.

2.- Modernidad occidental

Todos los países occidentales —europeos y norteamericanos— se parecen mucho entre sí porque han llevado a cabo el proceso de modernización. Cada uno de ellos ha realizado ese mismo proceso a su manera: no ha habido una sola vía, sino muchas. España representa una VARIANTE particular en ese proceso de modernidad ilustrada.

El proceso de modernidad se basa en la aparición de al menos tres figuras nuevas:

a.- En el ámbito económico: la figura del burgués, el empresario, el profesional. Esta figura crea el comercio y es agente del capitalismo, caracterizado por una racionalidad práctica (separación hacienda y casa) y un ethos profesional.

b.- En el ámbito social-político, la figura del ciudadano, creada en el ámbito del Estado de Derecho. Ciudadano es la persona dotada de libertades y derechos, no sometida a la arbitrariedad de un rey sino gobernado por la ley y, como ésta es expresión de voluntad popular, gobernado por él mismo.

c.- En el ámbito cultural, la subjetividad moderna: sujeto o individuo quiere decir en la modernidad que el yo consciente es el fundamento y principio de toda realidad y que ese yo, equipado de una dignidad infinita, es resistente a todo, incluido el interés general. Sujeto moderno se opone a toda clase de colectivismo que lo diluya y crea un nuevo universo simbólico: la cultura de la ilustración, ciencia, filosofía y arte moderno expresión de esa nueva individualidad.

3.- La relación de España con la modernidad ha sido PROBLEMÁTICA.

A ese problema se refirió Sánchez Albornoz cuando dijo que “la identidad diferencial de España” era que no había tenido ni feudalismo en la Edad Media, ni burguesía Edad Moderna. En el momento decisivo de la modernidad española, la fecha de 1492: 1) se fundó Estado español con la toma de Granada (y se publicó la gramática de Nebrija); 2) se inició con Colón la aventura americana y el imperio español siguiendo los siglos de reconquista (de los caballos a los barcos sin pararse en el comercio), imperio el español más ideológico y confesional que económico y mercantil como fue el inglés dos siglos después; y 3) se expulsó a los judíos, el fermento de una burguesía y del capitalismo que no fue.

Las bases creadas en 1492 señalaron el camino de España en los siguientes tres siglos.

Entre fines del XVIII y principios del XIX, España es despojada de sus colonias y en poco tiempo pasa de imperio hegemónico mundial a potencia secundaria. Los problemas con la modernidad se renuevan con la persona de Napoleón, representante de los ideales ilustrados: al invadirnos la modernidad ilustrada se presentaba como un ataque extranjero. Se planteó un dilema: ser ilustrado era ser invasor, afrancesado y traidor a la patria; ser patriota, ser anti-ilustrado, tradicionalista, castizo y antiguo régimen. He aquí el origen de las dos Españas, que se enfrentan en decenas de guerras civiles en el XIX y culminan en la del XX.

Lo anterior crea el contexto para comprender por qué en España no acabaron de perfilarse nunca las tres figuras paradigmáticas de la modernidad: el empresario (¿algún empresario español conocido antes del siglo XX?), el ciudadano y la subjetividad moderna, que hasta muy tarde y en grado comparativamente alto siguió siendo un país premoderno, tradicional, agrario, ideologizado y analfabeto. Por eso, no maduraron en nuestro suelo las instituciones que acompañar a esas figuras: el mercado, el Estado de Derecho, la separación de poderes, la opinión pública, los derechos humanos, la vida privada, el gobierno civil separado del militar. Existieron amagos, pero fueron débiles, discutidos y sin continuidad. Y tampoco el universo simbólico que lo acompaña: libertad de conciencia, secularización, sistemas filosóficos, descubrimientos científicos, innovaciones tecnológicas. La historia de Europa, con mayor o menos justicia, se cuenta en estos ámbitos sin apenas contribución española.

Llegamos al siglo XX sin haber completado el ciclo de las revoluciones liberales y industriales realizadas en los países modernos de nuestro entorno, promovidas por una clase media ilustrada que en España no llegó a consolidarse del todo.

Así llegamos a la dictadura militar de Franco. Una dictadura es un régimen basado en un individuo que dicta a todos los habitantes lo que tienen que pensar y decir; es decir, los reduce a menores de edad. Además, la dictadura de Franco adoptó un estilo marcadamente anacrónico: mientras en Europa y Norteamérica se extendió un movimiento ya no moderno sino postmoderno, ya no ilustrado sino postilustrado, ya no cultural sino incluso contracultural, en España nos dominaba un militar nostálgico del imperio premoderno español.

4.- Y en esto llegó la Transición española.

He defendido muchas veces que la Transición fue una REVOLUCIÓN.

Una revolución es un desplazamiento súbito de soberanía. Pues bien, en 1975 el Rey Juan Carlos I, heredero de Franco, era un soberano, equivalente a un rey absoluto del siglo XVII o XVIII. Tres años después, se ha implantado una democracia liberal y la soberanía residía en el pueblo español mientras que el rey se despojó de todo poder menos simbólico: en tres años un desplazamiento súbito de soberanía.

Ahora bien, esa revolución no fue, por parte de sus promotores, violenta y sanguinaria, como la americana, la francesa o la rusa, sino jurídica y pacífica. No se enfrentó, como en el pasado, una mitad de España contra la otra media, sino la España del presente contra la España del pasado, que se superaba definitivamente. Fue el trienio más carismático de nuestra historia, consumido en producir una obra maestra de la civilización, modelo perdurable para el mundo entero.

5.- Educación sentimental. La modernidad requiere una educación sentimental de sus ciudadanos: sentir modernamente, sentir con un sentimiento moderno.

En un régimen autoritario, la población no tiene nada que sentir, le basta con obedecer. En una democracia, los ciudadanos votan a sus representantes y se obedecen a sí mismos y votan conforme a sus preferencias, que es una manera de llamar a sus gustos e inclinaciones personales, sus sentimientos. Luego en una democracia todo dependen de la educación del corazón de los ciudadanos.

Dos lecciones fundamentales:

a.- Solemos admirar las creaciones del talento y la inteligencia individual —Partenón, Capilla Sixtina, Novena de Beethoven—, pero nos olvidamos de las proezas aún superiores de la inteligencia colectiva sin autoría individual. Primero, el lenguaje. Segundo, la democracia liberal. El ciudadano democrático debe comprender que la democracia liberal —con sus sutiles equilibrios entre mayoría y minoría, voluntad general y derechos individuales— es un prodigio civilizatorio, la expresión suprema de la inteligencia colectiva. Es el último estadio en la historia política, no hay un estadio superior. Esto no quiere decir que la realidad en una democracia liberal sea perfecta: es muy imperfecta y puede reformarse, pero como sistema no puede cambiarse porque la alternativa es siempre peor.

b.- La democracia liberal en España llegó en durante la Transición y desde entonces su relación con la modernidad pasó de lo problemático a lo paradigmático.

Mi tesis se resume en la fórmula: TARDE PERO BIEN. La Transición representa la mayoría de edad de España como país moderno. España, en su camino hacia la modernidad, llegó comparativamente tarde, pero, comparativamente también, llegó mejor que nadie en la historia: de forma jurídica y pacífica. La relación con la modernidad dejó de ser problemática y empezó a ser paradigmática, ejemplo para el mundo.

El proceso culminado con la Constitución de 1978 se perfeccionó menos de un decenio después con el ingreso de España en la OTAN y en la CEE, que redondea nuestra europeización y normalización internacional.

La democracia liberal tal como está definida en Constitución y ahora integrada en la UE conforma el SISTEMA de una España moderna, mayor de edad, inteligente colectivamente y civilizada.

6.- Cómo definir el sentimiento acorde a lo descrito.

Debemos desarrollar hacia el sistema un sentimiento maduro, propio de la mayoría de edad, que podríamos llamar de REALISMO CON IDEAL. No idealista, anhelante de una perfección imposible; tampoco realista sin más, que nos llevaría al conformismo y a la resignación. No: realismo con ideal. Con realismo queremos decir: asumir la imperfección de las realizaciones históricas del sistema; con ideal queremos decir: sin conformismo ni resignación, ánimo reformista y progreso moral.

En resumen: mejorar el sistema, no cambiarlo; reformista, no revolucionario. Evitar esas pasiones calientes que sueñan sueños exaltados y adolescentes de mundos alternativos imposibles, que suelen ser regresiones a diferentes formas de autoritarismo.

7.- CRISIS.

Las diferentes crisis que el sistema ha sufrido en el siglo XXI le han hecho perder atractivo a la ciudadanía: crisis económica a partir del 2009, crisis sanitaria en 2020 y ahora crisis ideológica. Cuando el sistema sufre y pierde prestigio, afloran los movimientos sociales antisistema y suelen sobrevenir los OPORTUNISTAS que aprovechan el MALESTAR SOCIAL para obtener o mantenerse en el poder por procedimientos al margen o directamente contrarios a la democracia liberal.

Los movimientos antisistema pueden ser:

-antisistema territorial, como los independentismos;

-antisistema ideológico, que son los movimientos iliberales tanto de extrema derecha como los de extrema izquierda.

Todos los antisistemas coinciden en:

1) relativizar el valor de la Constitución;

2) manifestarse tibios o abiertamente contrarios a la UE y el derecho internacional.

8.- ¿CÓMO COMBATIR SENTIMIENTOS ANTISISTEMA?

El anterior rodeo histórico ha conducido a una conclusión: para mirar el futuro de España con confianza era necesario dar un paso atrás antes y asomarse a su pasado y su presente. Ese panorama nos ha convencido de que la prioridad absoluta para los próximos diez años es la educación sentimental de la ciudadanía: una ciudadanía que sienta la virguería que representa la democracia liberal en general; que conozca el modo tardío pero paradigmático-ejemplar por el que España llegó a esa forma política y después a integrarse en Europa. Y desarrollar un sentido para el necesario y sutil realismo con ideal: un realismo que comprenda la imperfección del sistema español, con su CE y su UE, pero no se resigna, aunque tampoco lo repudia, sino que se esfuerza por tratar de mejorarlo conforme con el ideal de una democracia liberal.

Y de esa manera renovar el compromiso con el sistema para tratar de mejorarlo resistiendo a las tentaciones antisistema, las cuales obedecen siempre corazones insuficientemente educados y a sentimientos antimodernos, incultos, menores de edad y de un autoritarismo camuflado.

 

PONENCIA

Juan José Ruiz

Presidente del Real Instituto Elcano

EUROPA ANTE EL NUEVO ORDEN MUNDIAL

Vulnerabilidades, coerción y autonomía estratégica

RESUMEN EJECUTIVO

El orden internacional ha experimentado una transformación estructural que exige una revisión profunda de los marcos analíticos con los que Europa ha interpretado su posición en el mundo. Esta conferencia articula un diagnóstico integral de dicha transformación y propone un enfoque metodológico innovador para la formulación de respuestas estratégicas europeas.

Del optimismo al realismo geopolítico

El sistema internacional ha transitado de un paradigma de juegos de suma positiva —donde la cooperación generaba beneficios mutuos— hacia un paradigma de juegos de suma cero e incluso suma negativa, donde el poder relativo prima sobre la prosperidad absoluta. Este cambio no es meramente coyuntural, sino que refleja una reconfiguración profunda de las dinámicas hegemónicas globales.

La interdependencia como vulnerabilidad

Lo que durante décadas constituyó la mayor fortaleza europea —su integración en las cadenas globales de valor y su interdependencia económica— se ha convertido en su principal fuente de vulnerabilidad. Las potencias hegemónicas han descubierto que pueden instrumentalizar estas interdependencias como mecanismos de coerción política y económica.

La heterogeneidad como obstáculo

La Unión Europea enfrenta un dilema estructural: la extrema heterogeneidad de las vulnerabilidades nacionales impide la articulación de respuestas coordinadas. Países como Irlanda (dependiente de las plataformas tecnológicas estadounidenses) o los Países Bajos (cuya economía pivota sobre el comercio con China a través de Róterdam) ante potenciales coerciones externas tienen «umbrales de dolor» radicalmente distintos que los de sus socios europeos.

La propuesta: coaliciones compensatorias

La solución pasa por abandonar los análisis segmentados de cada vulnerabilidad y adoptar un enfoque integrado que identifique los umbrales de dolor de cada Estado miembro.

La teoría de juegos demuestra que las coaliciones son sostenibles cuando de forma creíble los ganadores pueden compensar a los perdedores. Si no existe esa credibilidad o esos mecanismos de compensación, los incentivos nacionales prevalecerán sobre los de la UE y, como en el dilema del prisionero, todos los países de la UE acabarán en equilibrios globales netos subóptimos. En una palabra, peor que si colaboraran aunque tuvieran que pagar compensaciones a los socios «perdedores» de reformas que buscaran más Europa y más resistencia a los hegemones depredadores.

La oportunidad estratégica es que un programa masivo de eurobonos —por ejemplo, equivalente al 25% del PIB europeo— permitiría financiar estas compensaciones y avanzar simultáneamente en autonomía comercial, energética, tecnológica y defensiva.

INTRODUCCIÓN: EL RETORNO A TUCÍDIDES

Permítanme comenzar esta intervención con una referencia que sitúa nuestra discusión en la perspectiva histórica que merece. Hace aproximadamente 2.400 años, Tucídides narró en su Historia de la Guerra del Peloponeso un episodio que resulta extraordinariamente pertinente para comprender el momento geopolítico que atravesamos.

En el célebre diálogo de los melios, un general ateniense —representante de la potencia emergente en el mundo helénico— se dirigió a la asamblea de Melios para exigirles que abandonaran su alianza con Esparta, el hegemón establecido.

Los melios, desconcertados, respondieron invocando la estabilidad de un orden que había funcionado durante trescientos años. La respuesta del general ateniense constituye una de las formulaciones más descarnadas del realismo político jamás registradas:

«Ustedes no están comprendiendo lo que ocurre en este nuevo mundo. En este nuevo mundo, los poderosos hacemos lo que podemos y los débiles sufrís lo que debéis».

Esta frase es hoy de actualidad porque muchos de ustedes la habrán escuchado en el excelente discurso en Davos del primer ministro Carney de Canadá. Algunos la llevábamos repitiendo desde hace más de un año.

Lo que Carney añadió a Tucídides fue una metáfora extraordinariamente pertinente. Recordó el ensayo de Václav Havel, El poder de los sin poder, donde el disidente checo describía cómo el sistema soviético se sostenía no tanto por la coerción directa cuanto por la complicidad de millones de personas que participaban en rituales que sabían falsos. El tendero que cada mañana colocaba en su escaparate el cartel de «Proletarios del mundo, uníos» no creía en él. Nadie creía. Pero todos lo colocaban para evitar problemas. Carney dijo: es hora de que países y empresas retiren el cartel del escaparate. Dejemos de invocar un orden basado en reglas que ya no funciona como se anuncia.

Pero la frase decisiva de Carney fue otra: «Estamos ante una ruptura, no ante una transición». La distinción es crítica. Una transición implica continuidad, adaptación gradual, evolución dentro de un marco reconocible. Una ruptura implica que el marco mismo ha dejado de existir. No se puede vivir dentro de la mentira del beneficio mutuo a través de la integración —dijo Carney— cuando la integración se convierte en la fuente de tu subordinación. Esta formulación conecta directamente con lo que les expondré a continuación: cómo la interdependencia, que fue la mayor fortaleza europea, se ha transformado en su principal vulnerabilidad.

La vigencia del realismo clásico

La formulación de Tucídides de la rivalidad entre poderes, que hace unos años hubiera parecido una excentricidad ajena al consenso sólidamente establecido en el ecosistema de las instituciones multilaterales globales del siglo XX, ha recuperado una vigencia inquietante.

Si observamos con detenimiento las dinámicas que gobiernan las relaciones internacionales contemporáneas, descubriremos que estamos asistiendo a un retorno al mundo de Tucídides: un mundo donde los poderosos hacen lo que pueden y los débiles —entre los que debemos contarnos los europeos— sufrimos, o hacemos, lo que debemos.

Para un economista, esta constatación plantea inmediatamente una pregunta metodológica ineludible: ¿cuánto hay que sufrir? Y, sobre todo, ¿cómo medimos lo que haya que sufrir?

Esta interrogación constituye el hilo conductor de mi exposición.

LA TRANSFORMACIÓN DEL ORDEN INTERNACIONAL

El fin del optimismo liberal

Cuando nos abstraemos del ruido de los acontecimientos cotidianos y analizamos las tendencias estructurales de las últimas tres décadas, emerge un patrón inequívoco: el mundo ha dejado de ser optimista.

Probablemente podamos fechar este punto de inflexión en torno al 11 de septiembre de 2001, aunque las causas profundas son múltiples y complejas.

Lo relevante es que transitamos desde un mundo donde la cooperación y la coordinación entre agentes generaban progreso compartido, hacia un mundo donde la competencia por el poder —un concepto intrínsecamente relativo: para que alguien gane poder, otro debe de perderlo— domina sobre la búsqueda de la prosperidad absoluta.

Los datos del período previo son elocuentes respecto al potencial del paradigma cooperativo. Los países emergentes, que con más del 90% de la población mundial apenas representaban en los albores del nuevo milenio el 20% del PIB global, hoy han alcanzado el 60% de la producción mundial. Simétricamente, los países desarrollados hemos pasado de representar el 60% del PIB mundial a situarnos en el 40%. Este reequilibrio refleja décadas de crecimiento, cooperación, eficiencia y, hasta muy recientemente, expansión de las libertades y consolidación democrática.

El juego de suma positiva y sus logros

Aquel era un mundo que operaba bajo la lógica de los juegos de suma positiva: la creencia de que la cooperación podía beneficiar a todos los participantes, aunque persistieran debates legítimos sobre la distribución de las ganancias.

Si examinamos los indicadores de los grandes flagelos que durante milenios angustiaron a la humanidad —guerras, hambrunas, epidemias—, encontraremos que jamás el mundo, pese a la sensación que todos tenemos de que estamos mal, ha estado mejor.

El famoso velo de Rawls en favor de la igualdad también aplica en este campo. Si a cualquiera de nosotros nos ofrecieran elegir, con pleno conocimiento de causa, en qué generación y en qué lugar querríamos vivir, todos elegiríamos el presente. No existe en la historia de la humanidad un momento más propicio para la vida humana que el actual.

Este era el dividendo del juego de suma positiva. Hemos progresado. Ciertamente, algunos más que otros. Pero el progreso no se puede ocultar.

La transición hacia los juegos de suma cero

Sin embargo, una serie de circunstancias —cuyo análisis excede el alcance de esta intervención— transformaron la visión predominante del mundo.

Pasamos de creer en los juegos de suma positiva a creer en los juegos de suma cero; de priorizar el crecimiento a priorizar el poder. Hoy habitamos un mundo que ya no gobiernan los economistas con su obsesión por el crecimiento, sino los políticos con su obsesión por el poder.

El poder posee una característica singular que lo distingue radicalmente del crecimiento económico: es un concepto intrínsecamente relativo. Para que alguien acumule más poder, otro debe necesariamente perderlo. No existe posibilidad de incrementar el poder conjuntamente, como sí es posible incrementar el empleo, el PIB o la producción científica.

Esta relatividad del poder está condicionando de manera determinante la dinámica internacional contemporánea.

DEL PODER NORMATIVO AL PODER TRANSACCIONAL

El orden internacional de posguerra

Dentro de la lógica de los juegos de suma cero existen gradaciones significativas. Puede haber ejercicio del poder compatible con el mantenimiento de ciertos valores e instituciones. Esta fue, en cierta medida, la característica del orden internacional desde la Segunda Guerra Mundial: un orden diseñado predominantemente por Estados Unidos, pero sustentado en reglas, instituciones y valores compartidos.

Aquel orden contaba además con un ingrediente que resulta particularmente interesante: la hipocresía. La aplicación asimétrica de las reglas en función de quiénes eran los intervinientes en el juego o las líneas rojas del hegemón interviniente.

La hipocresía, lejos de ser una disfunción, operaba como lubricante del sistema. Cuando surgían conflictos graves entre intereses y valores proclamados, la hipocresía permitía gestionar las contradicciones sin hacer estallar el marco institucional. Permitía hacer cosas que no eran exactamente concordantes con los valores defendidos, manteniendo sin embargo la ficción normativa que sostenía el orden.

El giro transaccional

Hoy hemos transitado desde ese poder con reglas, instituciones e hipocresía como engrasante – los gringos lo llaman sweetner – hacia un poder puramente transaccional.

Es el poder del «pay to play» que encarna la administración Trump: si quiere jugar, pague.

Es un poder transaccional desprovisto de valores, donde cada interacción se reduce a una negociación bilateral de intereses inmediatos.

Vamos a echar profundamente de menos la hipocresía en los próximos decenios.

Draghi ha formulado este diagnóstico con precisión quirúrgica en su reciente discurso de Lovaina. El orden global difunto —dice— no fracasó porque estuviera construido sobre una ilusión: produjo ganancias reales y ampliamente compartidas para Estados Unidos como hegemón, para Europa a través de la integración comercial profunda, y para los países en desarrollo mediante su incorporación a la economía global. Su fracaso reside en lo que no pudo corregir: cuando China entró en la OMC, las fronteras del comercio y la seguridad comenzaron a divergir.

HACIA UN MUNDO MULTIPOLAR

Más allá del duopolio sino-americano

El análisis convencional presenta el escenario internacional como una pugna entre dos hegemones —China y Estados Unidos— cuyo desenlace determinará un nuevo reparto de bloques y áreas de influencia.

La historia sugiere cautela ante esta lectura bipolar. En la guerra del Peloponeso que he mencionado, venció el poder establecido: Esparta derrotó a Atenas. Pero la victoria fue tan pírrica y los destrozos tan devastadores para ambas potencias que, apenas treinta años después de firmada la paz, Filipo de Macedonia invadió Grecia. Las ciudades griegas jamás volvieron a desempeñar un papel relevante en los equilibrios de poder mediterráneos durante los siguientes dos milenios.

Esta lección histórica me inclina a pensar que estamos sobreestimando tanto la capacidad de diseño del orden internacional por parte de Estados Unidos como la inevitabilidad de un mundo bipolar.

Conviene recordar que muchas de las instituciones y reglas que han gobernado el mundo en los últimos cincuenta años no fueron desarrolladas ni apoyadas por Estados Unidos.

El Tribunal Penal Internacional, la Organización Mundial de la Salud y otras instituciones fundamentales se construyeron en un mundo de «N-1», no del «N» hegemónico que tendemos a atribuir automáticamente a Washington.

Las implicaciones de la multipolaridad

Mi convicción es que el mundo resultante no será bipolar sino multipolar, con poderes mucho más distribuidos.

Esta perspectiva, que algunos podrían considerar positiva por reducir la dependencia de dos modelos antagónicos, no es necesariamente favorable para la democracia liberal ni garantiza un escenario más pacífico.

En un contexto de agresiones potenciales, vulnerabilidades explotables y lucha por el poder, una competencia oligopólica —frente a una duopólica— puede incrementar las probabilidades de conflicto económico, político e incluso militar.

La proliferación de armas nucleares, que parece imparable, ilustra dramáticamente este riesgo: el Pacífico se armará hasta los dientes con arsenales nucleares, y esta dinámica se extenderá a otras regiones de Asia.

LA INTERDEPENDENCIA COMO VULNERABILIDAD

La inversión del paradigma

El tercer nivel de análisis nos conduce a una constatación perturbadora: aquello que nuestra generación —la generación kantiana de la transición que se atrevió a Sapere Aude, a conocer, pensar por sí misma y dejar atrás la adolescencia tutelada — consideraba más valioso, aquello por lo que luchamos —la integración en el mundo, el aprovechamiento de la cooperación, la interdependencia— ha dejado de ser una virtud para convertirse en la fuente principal de nuestros problemas.

La interdependencia se traduce hoy en vulnerabilidades.

Si un Estado no es capaz de garantizar autónomamente las bases de su prosperidad, su marco legal y su convivencia social, puede verse forzado a adoptar comportamientos dictados por la coerción de las potencias hegemónicas, renunciando a valores, prosperidad o paz social.

Carney describió esta dinámica con la precisión de un banquero central: los países que negocian bilateralmente con un hegemón negocian desde la debilidad. Aceptan lo que se les ofrece. Compiten entre sí para ser los más complacientes. Esto no es soberanía —advirtió—; es la representación de la soberanía mientras se acepta la subordinación.

Draghi, desde Lovaina, añadió la otra cara de la moneda: la interdependencia, que una vez se concibió como fuente de moderación recíproca, se ha convertido en fuente de apalancamiento y control. Europa se enfrenta a un futuro en el que arriesga verse subordinada, dividida y desindustrializada al mismo tiempo.

Este es el gran tema de nuestro tiempo.

La redefinición de la victoria

Vivimos en un mundo de coerción donde incluso el concepto de victoria ha mutado.

Ganar ya no significa lo que significaba antes. Antes ganar era obtener más de lo que uno ponía sobre la mesa. Hoy, ganar es perder menos que el rival.

Esta lógica conduce no solo a juegos de suma cero, sino a juegos de suma negativa, donde los actores están dispuestos a infligirse daños mutuos con tal de que el daño del adversario sea mayor.

Las guerras comerciales desatadas por la administración Trump, y las financieras que previsiblemente seguirán, responden a esta lógica.

Estados Unidos calcula que sus acciones dañarán más a China y a quienes no se alineen con él que lo que le dañarán a sí mismo. El objetivo no es tanto que Estados Unidos sea «great again» cuanto que los demás sean menos poderosos de lo que son hoy.

LAS DIMENSIONES DE LA VULNERABILIDAD EUROPEA

Un enfoque integral

Cuando analizamos sistemáticamente las interdependencias y los puntos de coerción potencial, emergen grandes bloques de vulnerabilidad: energética, tecnológica, financiera y defensiva.

A estos cabría añadir el «soft power» que resulta quizá el más fascinante pero excede el alcance de esta exposición. Consulten el Índice Elcano de Presencia Global y verán su tremenda relevancia en los últimos 50 años.

Uno de los errores más graves en el enfrentamiento de este nuevo mundo —y esta es una opinión que no todos mis colegas del Real Instituto Elcano comparten— radica en la excesiva especialización de los análisis. Cada vulnerabilidad es abordada por sus especialistas específicos, quienes desarrollan estrategias sectoriales. Pero las vulnerabilidades no son aditivas; son multiplicativas.

La cuantificación de las vulnerabilidades: el análisis de Componentes Principales

En Elcano venimos construyendo un indicador sintético de vulnerabilidad europea que integra estas dimensiones.

Las ponderaciones reflejan la inmediatez del impacto: energía recibe un peso del 40% —la crisis de 2022 demostró que un corte energético tiene efectos instantáneos—, tecnología un 35% —la dependencia de semiconductores avanzados es estructural y de difícil sustitución a corto plazo—, y defensa un 25% —también critica pero que hasta hace nada creíamos mitigada por las garantías de la OTAN—.

Las variables más sensibles del indicador son reveladoras: el acceso a materias primas críticas, donde la dependencia de China alcanza el 95% en tierras raras; la vulnerabilidad del suministro de gas, que pese a la reducción de la dependencia rusa del 40% al 15% en 2024 sigue siendo crítica en Europa Central-Oriental; y la dependencia de chips avanzados, con una exposición del 90% respecto de Taiwán. El 70% de los países de la UE experimentaría un shock «extremo» si se interrumpiera el suministro de cualquiera de ellas.

Lo que nuestros análisis en Elcano revelan con nitidez es precisamente la naturaleza multiplicativa de estas vulnerabilidades.

La vulnerabilidad energética y la tecnológica no se suman: se multiplican. Sin soberanía energética renovable y competitiva, no hay capacidad industrial para fabricar semiconductores. Sin base industrial y tecnológica adecuada, la vulnerabilidad defensiva se perpetúa: veintisiete ejércitos fragmentados, con duplicación de capacidades e incapacidad de proyección de fuerza sin apoyo logístico estadounidense.

La interdependencia de las vulnerabilidades

Si las vulnerabilidades no son independientes, el pensamiento racional nos  sugiere que el diseño de estrategias independientes para cada una de ellas nos conducirá a diagnósticos incorrectos sobre lo que debemos hacer y podemos lograr. Habrá inevitablemente cuellos de botella.

LA HETEROGENEIDAD EUROPEA COMO OBSTÁCULO

Todos somos pequeños

Paul Henri Spaak, un estadista belga, hizo una observación que merece recordarse:

«Europa tiene dos tipos de países: los que saben que son pequeños y los que todavía no saben que son pequeños».

En el mundo multipolar que he descrito, esta máxima adquiere plena vigencia. No solo España, sino la propia Unión Europea en su conjunto, resulta insuficientemente grande para jugar en solitario la partida que se está disputando.

Carney ha formulado esto con una imagen que merece recordarse:

“las potencias medias que no están en la mesa están en el menú”.

Alcanzar tamaño estratégico es indispensable en un mundo transaccional. Es un pre-requisito. Para lograrlo hay pocas opciones, y, sin duda la más prometedora es establecer alianzas con tus vecinos y con quienes comparten tus valores o – recordando el papel de la hipocresía en el pasado reciente – con quien mejor solucionan tus vulnerabilidades.

La respuesta optima que nos sugiere la teoría económica y la teoría política son las alianzas de geometrías variable: coaliciones distintas para cuestiones distintas basadas en valores e intereses comunes.

Draghi, en Lovaina, fue un paso más allá en el diagnóstico: agrupar países pequeños no produce automáticamente un bloque poderoso. Esta es la lógica de la confederación —la lógica con la que Europa sigue operando en defensa, en política exterior, en materias fiscales—. Un grupo de Estados que se coordina sigue siendo un grupo de Estados, cada uno con su veto, cada uno con su cálculo particular, cada uno vulnerable a ser dividido y neutralizado uno por uno. El poder —concluyó Draghi— requiere que Europa pase de la confederación a la federación.

Allí donde Europa se ha federado —en comercio, en competencia, en política monetaria— es respetada como potencia y negocia como una sola. Allí donde no lo ha hecho —en defensa, en política industrial, en asuntos exteriores— es tratada como un conjunto disperso de Estados medianos, para ser divididos y manejados en consecuencia.

Nuestro análisis de umbrales de dolor y minorías de bloqueo que expondré a continuación es la validación cuantitativa precisa de esta tesis: el sistema de voto por mayoría cualificada, que debería ser un mecanismo federalizante, opera en la práctica como un multiplicador de la lógica confederal.

Para mitigar o resolver muchas de las vulnerabilidades europeas – en energía, soft power o en tech –   bastarían alianzas creíbles y sostenibles con América Latina, India u otros actores que mantienen relaciones complejas con los hegemones actuales. Recuerden que Europa, cuando Mercosur se apruebe definitivamente, mantendrá acuerdos de libre comercio con el 94%& del Pib latinoamericano frente al 42% que exhibe Estados Unidos o el 12% de China. Su desean saber más del potencial de estas alianzas consulten en el Real Instituto Elcano los trabajos de nuestro investigador principal para America Latina, Ernesto Talvi.[1]

Pero estas alianzas son extraordinariamente difíciles de construir y, sobre todo, de hacer creíbles.

El caso del acuerdo con Mercosur, tras veinticinco años de negociación, ilustra dramáticamente esta dificultad: cuando parecía alcanzado, una coalición de extrema derecha y extrema izquierda en el Parlamento Europeo ha cuestionado el mandato negociador, generando una incertidumbre jurídica que disuadirá la inversión en ese espacio de mil millones de personas.

El enemigo interior

Este episodio revela una dimensión crítica del problema: nuestros adversarios no están solo fuera, ejerciendo coerción y transacciones; están también dentro, trabajando activamente para que el sistema no pueda cambiar y mejorar. Cualquier análisis estratégico que ignore esta realidad estará fatalmente incompleto.

La parálisis ante Draghi y Letta

¿Por qué la Unión Europea no adopta las medidas que los informes Draghi y Letta han identificado con precisión? ¿Por qué no avanzamos en la unión bancaria, la unión de mercados de capitales, las interconexiones eléctricas? Hay decenas de programas concretos sobre la mesa, respaldados por un consenso casi religioso en la academia y los medios, y sin embargo permanecemos paralizados.

La explicación reside en la extrema heterogeneidad de las situaciones nacionales. Cuando diseccionamos los veintisiete Estados miembros según sus vulnerabilidades específicas —un ejercicio al que en el Real Instituto Elcano dedicamos centenares de horas—, descubrimos que la dispersión de intereses nacionales es muy elevada y que, por consiguiente, tambien lo son las vulnerabilidades economicas y políticas ante los distintos escenarios de coerción por parte de los hegemones depredadores.

Casos paradigmáticos

Consideremos la vulnerabilidad frente a Estados Unidos.

Irlanda genera el 45% de su PIB como sede de las grandes plataformas tecnológicas y farmacéuticas estadounidenses. Una coerción efectiva sobre Irlanda le haría perder la mitad de su producto de la noche a la mañana. ¿Cómo esperar que Dublín respalde medidas que irriten a Washington?

Consideremos ahora la vulnerabilidad frente a China. Las exportaciones chinas suponen el 70% del tráfico de contenedores de los puertos de Róterdam, Amberes y Hamburgo. Los dos puertos holandeses generan directa e indirectamente más del 8% del PIB neerlandés[2], medio millón de empleos[3] y en torno a 25 mil millones de recaudación fiscal, una cifra equivalente al presupuesto de defensa que hoy tiene Holanda. Cuando escuchemos críticas sobre el supuesto despilfarro de los países del sur europeo frente a la frugalidad holandesa, recordemos que su supuesta austeridad la financiamos indirectamente nosotros.

Los umbrales de dolor: una cartografía de la resistencia

En los trabajos que venimos realizando en Elcano, definimos el umbral de dolor de un pais como la intensidad máxima de un shock externo que puede absorber antes de verse obligado a capitular o a bloquear una respuesta colectiva.

Un umbral bajo significa que el país abandonará rápidamente cualquier coalición de respuesta; un umbral alto indica capacidad de resistencia prolongada.

El umbral se cuantifica ponderando su resiliencia económica, su diversificación de fuentes comerciales y energéticas —calculada mediante índices Herfindahl-Hirschman de concentración—, su capacidad de sustitución de las importaciones críticas del adversario, y la tolerancia política de su sociedad. Los valores se normalizan entre 0 y 1 y se validan mediante simulación Monte Carlo con diez mil iteraciones.

Cuando, siguiendo nuestro lema de Datos matan Relatos, cuando analizamos la vulnerabilidad individual de los Estados miembros de la UE ante un shock originado en China lo que vemos es que obtenemos es que Bélgica presenta el umbral de dolor más bajo (0,20) por la enorme exposición del puerto de Amberes al comercio con China. Le sigue Hungría (0,25), cuya vulnerabilidad combina un alineamiento político con el hegemón asiático y una dependencia significativa de la inversión china por su pertenencia a la Belt and Road Initiative, el único país europeo miembro de esa reedición de la Ruta de la Seda. Alemania se sitúa en un nivel intermedio (0,30), lastrada por la dependencia de su industria automovilística y de maquinaria respecto al mercado chino. En el extremo más resistente, Francia (0,55) se beneficia de su apuesta por una defensa autónoma y una menor dependencia comercial, mientras que Polonia (0,60) es el menos vulnerable del grupo gracias a su baja exposición económica a Beijing.

Ante un shock originado en Estados Unidos, las asimetrías entre los Estados miembros son aún más pronunciadas. Irlanda presenta el umbral de dolor más bajo de toda la Unión (0,10), ya que aproximadamente el 45% de su PIB depende de las plataformas tecnológicas estadounidenses establecidas en el país, lo que la hace extremadamente sensible a cualquier perturbación transatlántica[4]. Los países bálticos se sitúan en un rango igualmente bajo (0,12-0,18), condicionados por su dependencia existencial de la OTAN —y por extensión de Washington— como garante último de su seguridad frente a Rusia. Polonia comparte esa lógica de alineamiento militar (0,15), lo que limita drásticamente su margen de maniobra ante presiones estadounidenses. En el extremo opuesto, Francia (0,65) es con diferencia el país más resiliente, gracias a su capacidad nuclear autónoma, que le otorga una independencia estratégica sin equivalente en el resto de la Unión.

El sistema de votación como vulnerabilidad explotable

La heterogeneidad de los umbrales interactúa con la arquitectura institucional para producir parálisis.

El sistema de mayoría cualificada reforzada vigente en la UE requiere el 55% de los Estados miembros que representen al menos el 65% de la población para aprobar decisiones. Una minoría de bloqueo necesita al menos cuatro Estados que sumen más del 35% de la población.

Ante un shock chino, una coalición bloqueante compuesta por Alemania, Hungría, Austria, Países Bajos y Bélgica —cinco Estados con el 29% de la población— no alcanza formalmente el umbral de bloqueo. Pero la capacidad de Alemania de arrastrar a otros Estados vinculados a sus cadenas de valor elevaría el porcentaje al 36-38%, configurando una minoría de bloqueo efectiva. El resultado: de cinco escenarios de sanciones analizados ante China, ninguno de ellos es viable bajo mayoría cualificada. Ante Estados Unidos, solo dos de cinco escenarios resultan viables, y ambos se concretarían en declaraciones sin consecuencias reales.

La conclusión es que el propio sistema de mayoría cualificada adoptado por la UE se ha convertido en una de sus más inquietantes vulnerabilidades estratégicas. La conclusión es que el propio sistema de mayoría cualificada adoptado por la UE se ha convertido en una de sus más inquietantes vulnerabilidades estratégicas. No se trata de un fallo de diseño atribuible a la impericia de sus arquitectos, sino de la consecuencia de un drástico cambio de entorno. La Unión fue concebida para un mundo de cooperación multilateral, en el que el principal riesgo era interno: que los Estados de mayor peso impusieran sus condiciones a los más pequeños. Sus instituciones, sus mecanismos de voto y sus equilibrios de poder se calibraron para gestionar esa tensión, no para defenderse de potencias hegemónicas externas dispuestas a explotar las asimetrías entre los socios.

Independientemente de los buenos deseos originales – ya lo dice el refrán español: el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones. – la UE es una institución herbívora que habita en un ecosistema poblado por carnívoros depredadores. La Unión Europea solo puede responder con contundencia a adversarios que no tienen dentro de ella defensores – Irán, Corea del Norte – o que traspasan líneas rojas existenciales: Rusia y su invasion de Ucrania.

UNA PROPUESTA: COALICIONES COMPENSATORIAS

La trampa del dilema del prisionero

Si negociamos por niveles, abordando cada vulnerabilidad de forma aislada, será muy difícil avanzar. Cada Estado miembro vetará las medidas que amenacen sus intereses específicos, y la resultante será la parálisis perpetua. En la situación actual, cada Estado miembro de la UE se enfrenta a una elección: cooperar con la respuesta colectiva europea —asumiendo costes domésticos potencialmente elevados— o proteger sus intereses nacionales inmediatos bloqueando o eludiendo la acción coordinada.

Esta estructura es un dilema del prisionero clásico. Si todos cooperan, Europa se fortalece colectivamente. Pero cada país, individualmente, tiene un incentivo a desviarse: Alemania a proteger su comercio con China, Irlanda a preservar sus ingresos de las plataformas tecnológicas estadounidenses, Polonia a no arriesgar su alianza de seguridad con Washington.

El resultado, como predice la teoría, es un equilibrio de Nash subóptimo: todos acaban peor que si hubieran cooperado. Europa permanece paralizada, y cada Estado miembro, creyendo proteger sus intereses, queda en realidad más expuesto a la coerción bilateral de las grandes potencias.

Es la trampa clásica: la racionalidad individual conduce a la irracionalidad colectiva.

Escapar del equilibrio subóptimo: coaliciones compensatorias

La teoría de juegos establece que las coaliciones son durables y creíbles cuando los ganadores están dispuestos a compensar a los perdedores. Si realizamos este ejercicio vulnerabilidad por vulnerabilidad, de forma aislada, el volumen de compensaciones necesario resulta tan monstruoso que consumiría el PIB de la Unión Europea.

Sin embargo, si abordamos las vulnerabilidades de forma integrada, aprovechando que los umbrales de dolor varían enormemente entre países y entre dimensiones, el neto de compensaciones requerido se reduce drásticamente. Deviene viable. Con un esfuerzo equivalente al 10-15% del PIB europeo, podríamos avanzar simultáneamente en el reforzamiento de nuestra autonomía comercial, energética, tecnológica y defensiva.

Las coaliciones de los willing y las compensaciones cruzadas

¿Cómo funciona esto en la práctica? Pensemos en lo que podríamos llamar coaliciones de los willing —coaliciones de los dispuestos—.

Un país como Polonia, que tiene un umbral alto ante China (0,60) pero bajo ante Estados Unidos (0,15), puede aceptar la confrontación comercial con Beijing si recibe garantías creíbles de que su seguridad defensiva —su vulnerabilidad ante Washington— será cubierta por un mecanismo europeo de defensa. Francia, con umbrales altos ante ambos adversarios (0,55 y 0,65 respectivamente), es la principal beneficiaria de una Europa más autónoma y puede financiar compensaciones a los países más expuestos. La clave es que el cruce de vulnerabilidades permite compensaciones cruzadas que reducen drásticamente el coste neto.

Draghi ha denominado este enfoque federalismo pragmático: dar los pasos que son actualmente posibles, con los socios que están actualmente dispuestos, en los ámbitos donde el progreso puede hacerse actualmente.

No todos los países se sumarán a cada iniciativa desde el principio. Pero cada paso debe permanecer anclado en el objetivo: no una cooperación más laxa, sino una federación genuina.

El euro es el ejemplo más exitoso: los que estaban dispuestos avanzaron, construyeron instituciones comunes con autoridad real, y a través de ese compromiso compartido forjaron una solidaridad más profunda de lo que ningún tratado habría podido prescribir. Desde entonces, nueve países más han elegido incorporarse. La unidad —insistió Draghi— no precede a la acción; se forja tomando decisiones consecuentes juntos.

Este es el teorema fundamental de la economía del bienestar aplicado a la geopolítica: un cambio de política beneficia al conjunto si las ganancias totales superan las pérdidas totales y si existen mecanismos creíbles de transferencia entre ganadores y perdedores.

Sin esa segunda condición —la credibilidad de la compensación—, la primera es irrelevante: nadie aceptará un acuerdo en el que pierde, por mucho que la suma global sea positiva. Dicho de otro modo: la alternativa al enfoque integrado es permanecer en el equilibrio de Nash subóptimo, expuestos a la coerción bilateral de dos hegemones que juegan a juegos de suma negativa.

Eso no es una opción; es una condena.

LA DIMENSIÓN FINANCIERA: EL VERDADERO CAMPO DE BATALLA

Más allá de los aranceles

Permítanme añadir una consideración final que conecta con la dimensión política del problema. Obcecarse con la guerra arancelaria o las contribuciones a la OTAN son aproximaciones parciales al problema de fondo. El lema “Follow the money” de Watergate y del Padrino sigue siendo un buen consejo: detrás de cada dólar de comercio internacional hay siete dólares de transacciones financieras. Estados Unidos puede hacer lo que está haciendo porque es el hegemón del sistema financiero global: el 80% de todas las transacciones financieras, emisiones y operaciones internacionales se denominan en dólares. El verdadero poder de coerción estadounidense no reside en los aranceles, sino en su control del sistema financiero.

Lo pragmático no es enredarse en los episodios sucesivos de la guerra comercial, sino avanzar en la recuperación de nuestra soberanía financiera.

¿Cómo lograrlo? Europa cambió radicalmente cuando adoptamos el euro. Aquella decisión nos proporcionó la perspectiva de que podíamos avanzar, de que éramos viables, de que constituíamos una potencia mediana pero real.

La propuesta Blanchard-Ubide: eurobonos del 25% del PIB

¿Qué podemos hacer ahora?

Disponemos de un instrumento equivalente en su potencial transformador: una emisión de eurobonos del 25% del PIB europeo. Esta emisión financiaría las compensaciones a los perdedores en cada vulnerabilidad y permitiría acelerar las reformas pendientes.

Esta intuición cuenta ya con un respaldo técnico riguroso. Blanchard y Ubide han publicado recientemente una propuesta específica en el Peterson Institute: un canje de deuda nacional por eurobonos senior —los denominan blue bonds— hasta un volumen equivalente al 25% del PIB europeo, esto es, aproximadamente cinco billones de euros.

Los datos que mencionan en su trabajo son reveladores:  el mercado de bunds alemanes supone menos del 10% del mercado de Treasuries estadounidense: 2,5 billones de euros frente a los 30 billones de los treasuries y los eurobonos emitidos para financiar el programa Next Generation EU, los del Mecanismo Europeo de Estabilidad y los del Banco Europeo de Inversiones son poco más de un billón. Simplemente no tenemos un instrumento financiero europeo suficiente para constituir una alternativa creíble al dólar.

Por qué ahora: tres razones convergentes

La reciente presentación de Ángel Ubide en el Real Instituto Elcano nos permite atisbar  por qué emitir ahora es una buena idea.

 Hay tres razones para ello

La primera es la necesidad: la autonomía estratégica no se sostiene únicamente sobre capacidad militar; requiere fortaleza financiera. Sin un activo seguro europeo profundo y líquido, la financiación de cualquier esfuerzo de defensa o de apoyo a aliados —imaginemos el apoyo a Ucrania sin eurobonos— depende del sistema financiero denominado en dólares, esto es, del consentimiento tácito de Washington.

La segunda es la oportunidad: las dudas crecientes sobre el papel del dólar como activo refugio global —Moody’s ha rebajado recientemente la calificación de la deuda estadounidense— están generando una demanda global insatisfecha de activos alternativos. Los inversores buscan activamente dónde reequilibrar sus carteras fuera del dólar. Un mercado profundo y líquido de eurobonos absorbería esa demanda. Si existieran hoy eurobonos a la escala propuesta, serían el destino natural de esos flujos.

La tercera es el respaldo institucional: el BCE ha transitado de una posición neutral respecto al papel internacional del euro —ni promoverlo ni obstaculizarlo— hacia una posición activa de promoción. Este giro es decisivo porque el euro no puede aspirar a ser una moneda internacional de referencia sin un activo seguro de la escala y liquidez que solo los eurobonos pueden proporcionar. Y sin un activo seguro denominado en euros, tampoco es concebible el desarrollo de stable coins denominadas en euros que compitan con las denominadas en dólares en el ecosistema de pagos digitales. O con las Chinas. Un tema clave porque si bien es indudable que China tiene una posición hegemónica en la tecnología y la economía real, no lo es menos que en el ámbito financiero global es un jugador todavía irrelevante: su cuenta de capitales está cerrada y, consiguientemente, su moneda – el yuan – es inconvertible. Es muy poco probable que China vaya a persistir en esta situación de debilidad. Tratará por todos los medios de corregirla y fortalecerse, y una de las vías más prometedores es que genere poder en el ámbito de las monedas digitales. Hoy no está, pero mañana será un jugador formidable.

La mecánica de la propuesta

La propuesta Blanchard-Ubide no es un instrumento para incrementar el gasto ni el endeudamiento europeo. Es una reorganización de la estructura de deuda existente diseñada para reducir los costes de financiación de todos los Estados miembros.

El mecanismo opera mediante dos vías complementarias: el canje de deuda nacional vigente por eurobonos y la refinanciación de vencimientos futuros de deuda nacional con emisiones de eurobonos. En la práctica, no hay un intercambio físico de títulos sino un programa de compras y emisiones simultáneas por parte de una agencia europea.

Los eurobonos estarían respaldados por una doble garantía: el compromiso legislativo de cada Estado miembro de transferir un porcentaje de su recaudación por IVA a la UE, y el compromiso jurídico de la Unión como emisora de servir su deuda. Los eurobonos serían de facto un activo «super senior»: un impago de eurobonos equivaldría a un impago político de la Unión Europea, algo cualitativamente distinto —y con un coste reputacional incomparablemente mayor— que un impago de deuda nacional.

Lo que NO proponen y lo que SÍ proponen

La propuesta no propone destinar los eurobonos a programas de gasto específicos, ni a incrementar la deuda y los déficits, ni requiere una garantía solidaria de los estados.

Lo que propone es optimizar la gestión de la deuda para satisfacer la nueva demanda global de activos seguros europeos y reducir el coste de financiación – público y privado – de todos los países

¿Por qué el 25% del PIB? Para combinar profundidad y liquidez del mercado de eurobonos con profundidad y liquidez de los mercados nacionales de deuda. Los países con baja ratio deuda/PIB podrían participar mediante una «coalición de los willing», precisamente la lógica que hemos descrito para las coaliciones compensatorias.

La ventana de oportunidad

La ventana de oportunidad es ahora.

Los inversores globales están cuestionando la solidez y estabilidad del dólar y han comenzado a reequilibrar carteras. Crear un mercado profundo y líquido de eurobonos proporcionaría a estos inversores la alternativa al activo seguro que están buscando. No hacerlo ahora sería desperdiciar una oportunidad histórica de reducir el coste de financiación de la deuda pública europea y, por extensión, del capital privado europeo.

Hay ya en el ecosistema de pensamiento europeo una tríada convergente compuesta por Letta-Draghi-Blanchard/Ubide. Letta propone desfragmentar el mercado único para ganar escala, Draghi propone desfragmentar la inversión para ganar productividad, y los eurobonos proponen desfragmentar la deuda pública para reducir costes de financiación.

Del miedo a la esperanza.

La conclusión de todo lo anterior es que el sistema de mayoría cualificada adoptado por la UE se ha convertido en una de sus inquietantes vulnerabilidades estratégicas. No se trata de un fallo de diseño atribuible a la impericia de sus arquitectos, sino de la consecuencia de un drástico cambio de entorno. La Unión fue concebida para un mundo de cooperación multilateral en el que el principal riesgo era interno: que los Estados de mayor peso impusieran sus condiciones a los más pequeños. Sus instituciones, sus mecanismos de voto y sus equilibrios de poder se calibraron para gestionar esa tensión, no para defenderse de potencias hegemónicas externas dispuestas a explotar las asimetrías entre los socios. La UE, como se ha dicho antes, es ahora, en esencia, un organismo herbívoro obligado a sobrevivir en un ecosistema de depredadores.

Reconocer esta vulnerabilidad no equivale a resignarse ante ella. Carney tiene razón: es hora de retirar el cartel del escaparate. Draghi tiene razón: el poder requiere pasar de la confederación a la federación.

Pero ninguna estrategia será viable si no se sustenta en la defensa activa de los principios de la democracia liberal.

La autonomía estratégica no puede construirse sacrificando aquello que hace a Europa distinta — y valiosa. Blindar las cadenas de suministro, consolidar una defensa común y cerrar las brechas de interoperabilidad son condiciones necesarias, pero no suficientes si en el camino se erosiona el Estado de derecho, se fragmenta la solidaridad entre socios o se cede a la tentación de replicar las prácticas coercitivas de quienes hoy amenazan el proyecto europeo.

Porque la integración europea se construye de forma distinta: no sobre la fuerza sino sobre la voluntad común, no sobre la subordinación sino sobre el beneficio compartido.

Esa es simultáneamente su mayor fragilidad y su activo más irreemplazable.

Los umbrales de dolor que este ensayo ha intentado cuantificar revelan las grietas por las que una presión externa bien calibrada puede fracturar la unidad europea. Pero revelan también algo más esperanzador: que la conciencia del riesgo compartido es, en sí misma, el primer paso hacia una respuesta colectiva. Lo que comenzó en el miedo — como dijo Draghi — debe continuar en la esperanza.

 CONCLUSIONES

Primera. El orden internacional ha experimentado una transformación estructural que nos devuelve al realismo de Tucídides: los poderosos hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben. Europa debe asumir esta realidad sin nostalgias paralizantes por el orden liberal de posguerra.

Segunda. Hemos transitado de un mundo de juegos de suma positiva, donde la cooperación beneficiaba a todos, hacia un mundo de juegos de suma cero e incluso suma negativa, donde el objetivo es que el rival pierda más que uno mismo. Esta transformación no es coyuntural sino estructural.

Tercera. El poder transaccional ha sustituido al poder normativo. La hipocresía institucional, que lubricaba el viejo orden, ha desaparecido. Vamos a echar de menos esa hipocresía más de lo que hoy imaginamos.

Cuarta. El mundo resultante será probablemente multipolar, no bipolar. Esto no es necesariamente una buena noticia: la competencia oligopólica puede generar más conflictos que la duopólica.

Quinta. La interdependencia, que fue nuestra mayor fortaleza, se ha convertido en nuestra principal vulnerabilidad. Las potencias hegemónicas han aprendido a instrumentalizarla como mecanismo de coerción.

Sexta. Las vulnerabilidades europeas —energética, tecnológica, financiera, defensiva— no son independientes sino multiplicativas. Nuestro análisis revela que el 70% de los países de la UE experimentaría un shock «extremo» si las coerciones de los hegemones se concretaran, e identifican que las variables más sensibles —acceso a materias primas críticas, vulnerabilidad energética, dependencia de semiconductores— están interconectadas de modo que la debilidad en una dimensión amplifica las demás. Los análisis segmentados producen diagnósticos erróneos y estrategias ineficaces.

Séptima. La extrema heterogeneidad de los umbrales de dolor dentro de la Unión Europea explica la parálisis ante propuestas como las de los informes Draghi y Letta. Un umbral de 0,10 para Irlanda ante Estados Unidos frente a un 0,65 para Francia refleja una asimetría que el sistema de mayoría cualificada convierte en poder de veto para los más vulnerables: ninguno escenario de respuesta conjunta es viable ante los cinco de sanciones generadas por China, y solo dos los son – y de menor entidad – ante Estados Unidos.

Octava. La situación actual constituye un equilibrio de Nash subóptimo: cada Estado miembro, al proteger racionalmente sus intereses nacionales, bloquea la acción colectiva y deja a todos más expuestos a la coerción bilateral. Escapar de este equilibrio requiere mecanismos creíbles de compensación entre ganadores y perdedores, una condición que la teoría económica del bienestar identifica como necesaria y suficiente para que una coalición sea durable. El enfoque integrado de las vulnerabilidades, aprovechando las compensaciones cruzadas, reduce drásticamente el coste neto.

Novena. El verdadero campo de batalla no son los aranceles sino el sistema financiero. Una emisión de eurobonos senior por valor de cinco billones de euros —el 25% del PIB europeo— crearía el activo seguro alternativo al dólar que los inversores globales buscan, reduciría el coste medio de financiación de cada Estado miembro y proporcionaría el mecanismo de credibilidad para las compensaciones cruzadas que hacen viables las coaliciones de los willing.  La propuesta no incrementa la deuda ni el déficit: reorganiza la estructura de deuda existente, respaldada por una asignación legislativa de ingresos por IVA equivalente al 1% del PIB.

Décima. Carney tiene razón: es hora de retirar el cartel del escaparate. Draghi tiene razón: el poder requiere pasar de la confederación a la federación. Pero ninguna estrategia será viable si no se sustenta en la defensa activa de los principios de la democracia liberal.

La integración europea se construye de forma distinta: no sobre la fuerza sino sobre la voluntad común, no sobre la subordinación sino sobre el beneficio compartido.

Lo que comenzó en el miedo —como dijo Draghi— debe continuar en la esperanza.

[1] UE–Mercosur: acuerdo histórico y fundacional
[2] Tan solo el Puerto de Roterdam genera según la propia autoridad portuaria indica un valor añadido de €29.600 millones, equivalente al 3,2% del PIB neerlandés. El estudio de la Erasmus University calculó €45.600 millones, o el 6,2% del valor añadido de los Países Bajos, cuando se toman en cuenta los efectos indirectos de la actividad portuaria, es decir, todas las actividades económicas que existen en el país gracias a la presencia del puerto. Finalmente, CBRE estimó en 2021 un valor añadido directo e indirecto de €63.000 millones, equivalente al 8,2% del PIB CBRE.
[3] La autoridad portuaria indica aproximadamente 192.000 empleos directos e indirectos en la región de Rotterdam-Rijnmond. Si se incluyen todos los empleos en los Países Bajos generados gracias al puerto, la cifra sube a más de 500.000. CBRE, con la metodología más amplia, estimó unos 565.000 empleos directos e indirectos a nivel nacional
[4] El mecanismo de precios de transferencia que involucra esta ingeniería fiscal permite a las  multinacionales fijar el coste de las transacciones intragrupo —especialmente la cesión de propiedad intelectual— y desplazar beneficios desde jurisdicciones de alta tributación hacia filiales en países con tipos reducidos. Irlanda, con un tipo del 12,5% y con deducciones adicionales por activos intangibles es el principal hub europeo de este mecanismo: las filiales irlandesas de las grandes plataformas y compañías americanas cobran royalties elevados a sus filiales operativas en los mercados de consumo (Alemania, Francia, etc.), reduciendo sus bases imponibles y concentrando los beneficios contables en Dublín, permitiendo a los grupos consolidados tributar a tipos efectivos cercanos a cero. Las multinacionales domiciliadas en Irlanda a cambio  generan cerca del 60% de la recaudación del impuesto de sociedades irlandés, generan un 15% del empleo del pais y un 45% del PIB.

 

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