EXPERIENCIA DE SAN ANTÓN

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EXPERIENCIA DE SAN ANTÓN

EXPERIENCIAS DE SAN ANTÓN

(por Aldo Olcese)
(Por favor, no dejéis de leerlo hasta el final)

Os traslado estas experiencias con un doble objetivo: en primer lugar, para que podáis entender mejor porqué hemos decidido promover este Fondo de Emergencias Solidarias y qué utilidades puede tener. En segundo lugar, para que quienes decidáis contribuir con algo más que dinero, sepáis a lo que os vais a enfrentar cada día que vayáis a San Antón.

Las experiencias que a continuación os explico sucedieron el primer viernes por la tarde que pisé la Parroquia de San Antón, allá por el mes de diciembre del año pasado, en sus inicios. El Padre Ángel al recibirme allí me dedicó unos minutos para agradecerme de corazón que hubiera decidido ir a ayudar y me dio un solo consejo: «No te dejes afectar por los problemas de esta gente. La gran mayoría de las veces sus problemas son conmovedores, pero no tienen solución. Son de tal magnitud que son como muros infranqueables de 10 metros que sabes que no puedes saltar, hagas lo que hagas. Las buenas personas tendemos a empatizar con nuestros semejantes y ponernos en su lugar para ayudarles cueste lo que cueste, sin desfallecer. Aquí, si haces esto, te vas a desesperar y acabarás enfermando. Por esta Iglesia pasan los que no tienen ninguna esperanza y han perdido la fe en la vida, en la condición humana y en ellos mismos. Aquí llega lo peor y lo que viene rebotado de otros centros o instituciones donde no han podido ayudarles a resolver sus problemas y ya no saben ni dónde ir ni lo que hacer. Pero también son hijos de Dios y no podemos abandonarlos a su suerte en la calle sin hacer nada. La mayoría de las veces, no lo olvides, basta con escuchar sus historias de vida con atención e interés, empatizar y solidarizarte con la persona y consolarles mientras lloran en silencio delante de ti con el alma desnuda.

Si Dios pone en tu mano poder ayudarles de una manera tangible y efectiva, entonces ¡a por ello! Se que has hecho cosas importantes en la vida y has tenido éxitos, pero aquí te vas a enfrentar a la misión más difícil… Gracias por lo que puedas hacer y que Dios te bendiga y te guíe».

Con este cursillo de cinco minutos y una vuelta rápida por la Iglesia para ver la media sacristía convertida en enfermería «de campaña»; la mitad del despacho parroquial en duchas de emergencia y ropero para los que llegan en condiciones más lamentables; las capillas destinadas a consultorio con su mesa camilla (!); y la cafetería «de campaña», donde cada persona que entra recibe un bollo y un café con leche caliente a cualquier hora del día o de la noche, me enfrenté acongojado a mi primer día de consulta en San Antón.

El Padre Ángel llamó a una monjita enjuta y muy mayor (me dijo: «es mayor que yo y tengo 81 años…») y le indicó que trajera a una mujer con su hija. Habían dormido en un banco de la Iglesia esa noche y parecía ser un caso imposible. «Así te estrenas bien, tú que eres fuerte y acabas de llegar fresco y en forma», me dijo el Padre Ángel con esa media sonrisa que le caracteriza y una palmadita en la espalda. «Después recibes a esta otra señora -era un mujer grande y gruesa y de color- que ha llegado hace dos horas y está en ese banco de la Iglesia rezando y llorando desde entonces». Y allí que me vi de repente en la mesa camilla del consultorio, en la capilla lateral de la Iglesia, con
mi primer caso en San Antón.

CASO 1) LA PROSTITUTA Y SU HIJA DE 6 AÑOS
El aspecto de la mujer era llamativo por cómo venía vestida, como con sus mejores y atrevidas galas para dormir en la Iglesia (!?). La niña era como un ángel, con unos ojos tan verdes como asustados. No olvidaré nunca esa carita de niña allí sentada a las siete de la tarde después de haber pasado la noche en un banco de madera de San Antón y todo el día siguiente en la Iglesia esperando su turno de consulta, viendo lo que pasaba por allí. ¡Fuerte!

Por hacerlo breve: la madre era una mujer separada, prostituta en Alicante que había ido a recoger a su hija a Málaga a casa de su abuela paterna marroquí, porque la niña la había llamado de urgencia diciendo que ya no podía seguir allí. Para irse a recoger a su hija, había recabado la promesa de 3.000€ aceptando casarse con un «chulo» senegalés para que obtuviera los papeles de la residencia oficial. Tras firmarlos no le habían pagado, incumpliendo la entrega que tenían que haberle hecho el día anterior a vernos en la parroquia en Madrid. Con lo que se había encontrado sola con la niña en Madrid, sin recurso alguno. Recordando un programa de la televisión en el que hablaban de San Antón Parroquia abierta 24 horas, se había presentado allí desesperada con la niña, para no estar en la calle. Había pasado por los Servicios Sociales de la Comunidad Autónoma antes de ir a la Parroquia, pero le dijeron que la niña tenía que ir a un Centro de Acogida de menores separada de ella, y ella a un piso de acogida comunitaria que no estaría disponible hasta dentro de una semana. Y optó por venir a la Parroquia a pedir ayuda y refugio. Su aspiración era no separarse de su hija, poder encontrar un techo digno donde refugiarse hasta encontrar un medio de vida edificante que le permitiera ganar la independencia para vivir adecuadamente con su hija y escolarizarla. Sencillo y normal. Pero ¿qué hacer ese viernes a las 19:30 horas, con esa mujer descangallada y totalmente desestructurada y
su pequeño ángel aterrorizado?

Os he omitido los detalles más duros, pero permitidme alguno solo a título de resumen porque creo que es bueno ponerse en situación: la niña tenía una descomposición que la obligaba a ir al baño continuamente por los nervios acumulados de los dos últimos días, la madre no paraba de llorar en silencios largos, que su pequeño ángel trataba de consolar con desgarradores «mamá no llores», haciéndose la fuerte. El mundo al revés.

Primero había que encontrar soluciones inmediatas y perentorias para que esa mujer y su hija pudieran dormir bajo un techo digno y adecuado a sus circunstancias y comer para vivir. Había que tratar de verificar la situación legal y policial de la madre, para ver si corría peligros o si tenía impedimentos legales para mantener la tutela de su hija.
Había que pasar a las dos por el consultorio médico para tratar la descomposición de la niña y su posible
deshidratación, y el estado de shock, angustia ansiedad y desorientación de la madre. Todo esto el viernes por la
noche.
A medio plazo (a partir del día siguiente que era sábado) había que encontrarle un trabajo estable a la madre y había que escolarizar a la niña. A largo plazo (en 3 meses) había que comprobar si la madre estaba en condiciones de toda naturaleza de asegurar su independencia y tomar las riendas de manera responsable y duradera de su vida y la de su hija pequeña. Entonces comprendí lo del muro infranqueable de 10 metros imposible de saltar…

En ese momento no había facultativo voluntario en la enfermería de la Parroquia (no están cubiertos todos los turnos 24 horas siempre), tampoco había plaza en ninguno de los pisos de acogida que gestiona el Padre Ángel y menos para una madre joven con una hija pequeña de 6 años.

Podría escribir un libro con todo lo que sucedió esa noche y los días y meses siguientes, pero ahora no puedo ni debo extenderme más. Creo que este primer mensaje es revelador.

Hubo que poner dinero para pagar un hotel digno para ambas hasta que encontramos, dos semanas después, una habitación para las dos en una casa tutelada por la Fundacion Madrina, especializada en madres solteras. Tuvimos que ingresar a la madre a la Clínica de la Concepción diez días para que se recuperara y estabilizara para poder trabajar. Internamos transitoriamente a la niña en un Centro de Acogida de Menores de la Comunidad de Madrid.

Ese episodio solo ya me daría para escribir un libro y no precisamente de entretenimiento sino de horror. Y siento mucho decirlo. Pasé un momento de los peores de mi vida, desde la indignación más profunda hasta la impotencia más lacerante. Aunque al final acabó saliendo bien. También hubo que hablar con la policía y los Servicios Sociales y asumir la responsabilidad del buen fin de madre e hija hasta demostrar su plena capacidad para la independencia.

Tuvimos que buscarle un trabajo urgente a la madre -y que la generosidad de María José Álvarez, presidenta de EULEN, a quien llamé y escribí sobre la marcha, se encargó de resolver por la vía rápida- como camarera de pisos de un hotel de cuatro estrellas en Madrid, al lado de la casa de la Fundación Madrina y con un horario que permitiera a la madre recoger a su hija a la salida del colegio y hacerse cargo de ella.

El resto podéis imaginarlo y contraponerlo a la situación dramática de la llegada a San Antón. ¿Qué habría pasado si no hubiera existido San Antón?

CASO 2) LA MADRE ECUATORIANA ENFERMA Y SOLA CON FAMILIA A SU CARGO Y
SIN RECURSO ALGUNO
A las 20:00h atendí a esta alma en pena que no paraba de llorar y que no podía hablar porque los hipidos se lo impedían. Costó mucho tranquilizarla.

Se trataba de una persona sin recurso alguno, recién operada de las cervicales por segunda vez en tres meses y con unas secuelas de movilidad, mareos y rehabilitación que la incapacitaban para trabajar sine die. Madre de tres hijos y abandonada por el marido. Uno de 16 años con leucemia y en tratamiento contra el cáncer y otros dos de 8 y 10 años. ¿Se puede despachar más desgracia?

Le pregunté por qué había venido a San Antón y me dijo lo mismo que la mujer anterior: que había sabido de su existencia por la tele. «Esta tarde se acabó la bombona de butano (diciembre) y mis hijos no tienen ni calefacción ni agua caliente para lavarse. Vivo en un piso de acogida del Ayuntamiento. Tengo la nevera vacía porque no tengo ingresos y una vecina mayor que me ayudaba cada mes con algo se la han llevado al hospital hace una semana para largo (luego falleció) y no tengo nada para dar de cenar a mis hijos. No tengo ni familiares ni amigos a quien recurrir porque ya he agotado todas mis vías desde que no trabajo hace seis meses porque no puedo moverme y se me caen las cosas de las manos. (era asistenta de servicio doméstico). Y le he pedido a una vecina dos euros para el metro y me he venido aquí con la desesperación más absoluta porque no sé ni lo que hacer ni dónde ir. Y ya no puedo vivir con la angustia de no poder mantener a mis hijos. No puedo trabajar ni voy a poder hacerlo en los próximos seis a doce meses por las secuelas de la operación y me quiero morir». Todo esto llorando amargamente
sin parar entre largos silencios desgarradores.

Nuevamente manos a la obra con una terapia parecida a la anterior. Esta vez la haré más corta para no cansaros.

Pero me pregunté cómo podía un ser humano sobrevivir a una angustia vital tal y como se puede llegar a esto en un país estructurado como el nuestro y con unas atenciones sociales de las mejores de Europa.

Pues, aunque parezca mentira, siempre hay un caso marginal, al que se le acumulan las desgracias, que no cumple con alguno de los requisitos formales, que enferma y no razona, que no puede moverse… Eso es lo que llega a San Antón. Los desheredados y desesperados de la tierra. Pero de verdad, y sin nada más que su alma de ser humano desgarrada y de hijo de Dios en busca de una última esperanza.

Nuevamente el muro de 10 metros. Vuelta al cajero para una aportación urgente de EMERGENCIA. Trabajo de verificación (doloroso pero necesario) de la versión. El «costurón» de la cicatriz en el cuello era simplemente alucinante, por ejemplo. A la gasolinera a por la bombona de butano, al Supercor abierto las 24h para reponer la nevera con lo mínimo. Gracias a mi privilegio personal de poder mandar a mi conductor, que además lo hizo encantado de participar.

¿Qué hacer con el trabajo de esta señora que no puede trabajar? ¿Cómo gestionar a ese pobre hijo enfermo de cáncer que cuando no vomita va al colegio para ser un hombre de provecho si sale de la enfermedad y cuida de sus hermanos pequeños? ¿Cómo establecer unos ingresos regulares en ese hogar y sin menoscabo de la dignidad de sus miembros? ¿Cómo ayudar a curar a esta mujer de esta enfermedad destructiva? Menos mal que nuestra Seguridad Social es humana y les ha atendido a pesar de no tener nada. Si no trabaja no se le renueva el permiso de residencia, tal fue el caso. Hay que arreglar los papeles de esta gente también.

A esta madre se le está enviando una aportación de supervivencia mensual de 200 €. Me hizo los cálculos y con eso viven cuatro personas. Me quedé impresionado. Os animo a ir a los lineales de «todo por 1 euro» de los supermercados baratos. Yo los desconocía. Para que no se sienta mal (porque tiene una dignidad impresionante, que ya la quisieran para sí el 90 % de nuestros políticos), se le envían unos trabajos manuales de ensobrado como trabajo de contrapartida a lo que recibe. Esto mientras recupera su salud y su equilibrio y le encontramos otro trabajo estructurado para poder mantener a su familia.

Tuve ocasión de conocer a sus hijos menores un día que la llevé a una consulta médica (quien no tiene un traumatólogo amigo) y le pedí que los trajera al recogerla. Fuimos a merendar después. Era un poco antes de Semana Santa y los llevé a tomar unas torrijas con chocolate caliente. Aunque no lo creáis nunca habían podido hacerlo. Ellos pasaron la mejor tarde de su vida. Así me dijeron. Estuve toda la tarde tragándome las lágrimas, os lo aseguro, pero yo también pasé una de las mejores tardes de mi vida.

Os adjunto copia escaneada del dibujo regalo de agradecimiento que me mandaron con su madre la semana siguiente que nos vimos de nuevo para ir al médico.

Para que veáis qué nobleza de ánimo y qué espíritu de gratitud espontánea tan conmovedor, en unos niños tan pequeños y que han sufrido tanto. Os ruego que lo leáis. No tiene desperdicio.

También podría escribiros otro libro conmovedor de esta experiencia vital, aún más edificante que la anterior, pero me limito a trasladaros las vivencias que más puedan esclareceros los porqués de lo que os estamos invitando a participar. Creo que esta pedagogía es necesaria para entender la profundidad interior y la importancia vital de lo que os estamos pidiendo. No la toméis de otra manera, os lo ruego.

CASO 3. EL EX SACERDOTE INDIGENTE
Cuando estaba poniéndome el abrigo a las 21:15 horas, después de haber dejado encarrilados las dos tragedias humanas anteriores, y como quien no quiera la cosa, mientras me estoy despidiendo del Padre Ángel, llama a un señor mayor que andaba por ahí dentro de la Iglesia vestido de negro. Pantalón y jersey de cuello alto negro. Y me dice: «ahora es tarde, pero me gustaría que el lunes, si puedes, recibas a este hombre que es un viejo cura hoy fuera del voto sacerdotal, que necesita apoyo. Mañana te llamo y te cuento».

Resultó ser un sacerdote que tras 40 años de ministerio había colgado los hábitos cansado de tanto batallar con la miseria, con la desesperación y la incomprensión de la Curia. A su manera era otro Padre Ángel en una capital de provincia de Castilla y León. Como había sido electricista en su juventud se recicló como tal cuando a los 60 años volvió a la vida civil. Durante siete años ejerció como profesional de la electricidad llegando incluso a crear una pequeña compañía con un socio, que tuvo la mala suerte de caer por quedar atrapada en la suspensión de pagos de una gran obra que les dejó a deber 40.000€, lo que los llevó al concurso de acreedores y a quedarse sin recursos
y en la calle a los 67 años.

Primero se quedó a vivir en uno de los pisos de la propiedad que le había dejado a deber el dinero, a los varios meses un fondo «buitre» compró esos activos a un banco y le pusieron en la calle, por supuesto sin pagarle la deuda anterior y con todas las de la ley. Cuando yo le recibí llevaba tres meses dando tumbos por las calles, durmiendo bajo los puentes, en las estaciones, como un indigente.

Me contó que pidió amparo al Obispo de su anterior ciudad de ejercicio sacerdotal, pero se le dijo que el derecho canónico les impedía atender a quien había renegado de su sacerdocio. Como no había pagado la seguridad socialde los últimos tres años por falta de recursos, no había devengado el derecho a pensión y se encontraba en la indigencia durmiendo en la calle. No había tenido el valor de pedir ayuda a su familia porque ya había quemado sus naves con ellos cuando la quiebra. Prefería dormir en la calle que trasladar su problema a quien no tenía medios para atenderlo.

Y llegamos a San Antón. Conociendo las actividades del Padre Ángel, nuestro ex cura se había presentado en la Iglesia a pedir amparo y a dormir en los bancos de la Iglesia, mientras se encontraba una solución estructural. El Padre Ángel, saltándose (por fortuna) el derecho canónico, le había dejado estar en la iglesia como monaguillo ayudante de misa para que se sintiera útil, y le había procurado unos días en una casa de acogida haciendo de cuidador, y otros en un modesto hostal de la zona. En paralelo le estaba procurando chapuzas eléctricas de mantenimiento de los centros de Mensajeros de La Paz, pagándole algo para que pudiera ir abonando poco a poco la deuda de 3.500 € con la Seguridad Social para recuperar su pensión. Esa era su situación cuando el Padre Ángel
me lo envió.

No salía de mi asombro de ver estas circunstancias tan lamentables. Increíbles pero ciertas.

Fue la más fácil de resolver: «- ¿Si pagas la deuda de la Seguridad Social de golpe (3.500€) tienes derecho inmediato a tu pensión? -Sí, y son aproximadamente 1.000€ mensuales. – ¿Puedes dedicar la mitad a pagar la deuda y la otra mitad para tus gastos y con los ingresos de las chapuzas ir tirando para pagarte un hostal y comer a diario?». La respuesta fue sí, y encantado. Bastaba encontrar un financiador a seis meses de 3.500 € y vida resuelta.

Además, se trataba de buscarle un empleo estructural de electricista para recabar ingresos recurrentes. Era bueno y no sería difícil. Con tantos amigos que tenemos todos, que se ocupan de reformas de pisos o que tienen macro empresas de mantenimiento de edificios, hoteles, hospitales etc. (este hombre tenía la máxima certificación profesional de electricista) no resultó difícil. El Padre Ángel también se fajó.

 

CONCLUSIONES

Queridos amigos, con qué poco se puede cambiar la tragedia y la desesperación en alegría y esperanza.

Para algunos como nosotros, con tres llamadas telefónicas y dos correos electrónicos se puede cambiar la vida de un ser humano doliente y desesperado. Con un poco de dinero equivalente al que nos gastamos en cenar con los amigos un fin de semana, se pueden mover montañas y crear palancas que salvan vidas y les devuelven la dignidad como personas, y la creencia en sus propias posibilidades de seres humanos desechados por nuestra sociedad y sin un lugar en ella, que no sea la Iglesia de San Antón, donde se les recibe a cualquier hora, se les da un tentempié para seguir viviendo y nadie les impide entrar por ninguna razón en el mundo.

Supongo que de la lectura de estas experiencias habréis comprendido la necesidad y utilidad de un Fondo de Emergencias Solidarias. También habréis comprendido lo importante que es esa labor de voluntario-consultor para buscar y gestionar las soluciones estructurales de la gente en dificultad y poner los primeros remedios de urgencia para evitar colapsos y naufragios sin retorno. Una hora una vez al mes. Te puede tocar un caso como cualquiera de estos tres ejemplos. Con nuestro Fondo de Emergencias todo será más fácil. Lo visualicé rápido: «O te presentas cada viernes con un fajo de 5.000 € para las emergencias que te toquen, o preparamos una estructura que haga frente a ello de forma organizada y recurrente. Y si en vez de uno solo con sus contactos personales somos 20 o 50, la búsqueda y obtención de soluciones se multiplicará exponencialmente».

No queremos solamente consolar a la gente. Hay que tener una pértiga para saltar el muro de 10 metros. O construir una escalera.

Muchas gracias por lo que podáis hacer. También por recircular este documento libremente entre vuestros conocidos, para ampliar la base de posibles donantes y colaboradores. Intencionadamente no hay domiciliaciones periódicas previstas, para que todos podáis ir viendo los frutos de esta iniciativa antes de seguir aportando. Cada año se os contactará para ver cómo queréis y si podéis o no seguir aportando y apoyando. San Antón y el Padre Ángel reciben más críticas que ayudas de gente como nosotros. Una parte del clero quiere cerrar la Parroquia y que se expediente al Padre Ángel. Pero el Cardenal Arzobispo de Madrid lleva meses diciendo la misa en San Antón una vez por semana. Su Santidad el Papa Francisco acaba de encomendar al Padre Ángel abrir otra parroquia 24 horas en Roma, en una de sus centenares de Iglesias cerradas al culto por falta de medios personales y materiales. Esta es una Iglesia de Jesucristo, de trincheras y de batalla. Fuera de los cánones, pero dentro de los corazones.

Quien os convoca no forma parte de ningún movimiento religioso. Es más, por mi condición de divorciado y vuelto a casar estoy excluido de la comunión de la Iglesia y marginado.

Por tanto, esta es una iniciativa solidaria de Sociedad Civil independiente, de hombres y mujeres que queremos ayudar modestamente a nuestros semejantes en apuros. En los apuros más serios.

Muchas gracias por vuestra atención y perdonándome por la extensión de esta nota.

Aldo Olcese Santonja

Madrid, 24 de septiembre de 2018

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